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viernes, 5 de febrero de 2016

Tres hombres solos. Cuento de Miguel Castillo

Mamá está en la televisión. Papá en la cocina preparando maíz pira en el microondas. En unos minutos el resumen de La isla del tesoro terminará y comenzará de inmediato el programa de hoy. Es por eso que papá está haciendo palomitas. Arriba, en su habitación, mi hermano espera a que yo grite para bajar a ver el programa. Antes de hacerlo espero a que llegue papá con un vaso de gaseosa con hielo para mí. Cuando bebo el primer sorbo, La isla del tesoro comienza y yo grito y mi hermano baja corriendo por las escaleras.
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El fin de semana pasado empujó a un tipo en plena competencia. Gracias a eso no perdió; le decían El paisa y cayó en un charco de algo que parecía petróleo. Mamá hizo equilibrio sobre el falso petróleo sin problemas. Mientras celebraba pude ver detrás de ella el mar salpicado por un atardecer de color rojo. Papá celebró la jugada sucia de mamá como si hubiera visto un gol de la selección Colombia en la final del mundo. Mi hermano, en cambio, permaneció callado. No aplaudió cuando el tipo cayó y tampoco lo hizo cuando mamá dejó de gritar y nos dedicó el triunfo a nosotros, sus hijos, a través de la pantalla del tv. 
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Cuando mamá se fue y apareció por primera vez en televisión, decidí no volver a la escuela. Papá me despertó y dejó el desayuno sobre la cocina. Esperaba que comiéramos y luego camináramos directo a la escuela, orgullosos de mamá. Fueron los pitidos en el televisor cada vez que abría la boca. Parecía que la mitad de las palabras que decía eran insultos y eso me avergonzaba. No quería que mamá estuviera en la tv, diciendo malas palabras una y otra vez. Era como un grillo gigante que aparecía y gritaba a su lado. En la cama recordé el programa y prometí que no volvería a la escuela; los profesores se reirían en los pasillos y en los baños escucharía chistes sobre mí. Por eso no volví. En cambio mi hermano sí comió y salió al colegio como si la mujer del programa de la noche no fuera mamá. La primera vez que decidí no salir me miró desde la puerta y solo dijo que me hiciera el enfermo. Así que eso hice.
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Algunos amigos me han llamado varias veces, siempre preguntando lo que se siente tener hepatitis. Imagino que fue mi hermano quien les dijo eso a las profesoras y ellas, como cotorras que son, lo habrán repetido en clases. También me dicen que cada noche ven a mamá en televisión y hacen fuerza por ella. A veces les creo, pero la mayoría del tiempo no lo hago. Es mejor así. Mi papá no dice si está orgulloso o no, aunque si alguien me preguntara diría que sí lo está. Lo habitual en casa era ver a mamá en la cocina mientras papá veía repeticiones de fútbol en la sala. Ahora papá cocina y los partidos de fútbol fueron reemplazados por las imágenes de mamá en La isla del tesoro. Para ser sincero, nunca antes los había visto tan juntos; ella en la pantalla y él abrazando al televisor, esperando abrazarla sin importar los miles de kilómetros que los separan.
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Hace unos días papá regresó a casa en la mañana y me encontró en la cocina, desayunando Zucaritas en leche. Olvidó su maletín y al regresar por él encontró a su hijo menor en piyama. Debía estar en la escuela, sentado en el pupitre y mirando al tablero, no en la cocina de la casa desayunando tarde como solía hacer mamá cuando no había nadie. Sin embargo, y a pesar de que esperaba un grito para mí y una amenaza peligrosa contra mi hermano por no llevarme a la escuela, lo único que dijo papá fue que debía vestirme para la noche, cuando empezara el programa.
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Ayer ocho concursantes, incluyendo a mamá, se balancearon en ocho cuerdas que colgaban, según la presentadora de La isla del tesoro, a veinte metros de altura de una playa hermosamente blanca. Quien soportara la mayor cantidad de tiempo arriba, colgado como un simio de peluche con abracaderas, obtendría “el parche del pirata” que lo salvaría de la próxima eliminación. Después de casi una hora allí arriba, tres participantes seguían balanceándose a veinte metros de altura. Después de otros veinte minutos mamá ganó. Por alguna razón papá no saltó, como yo esperaba que hiciera.
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Algo ha empezado a suceder alrededor de mamá y he sido el último en comprenderlo. Los tres estábamos en el sofá, viendo La isla del tesoro, pero yo estaba concentrado en la playa. Solamente cuando oí los gemidos de papá quité los ojos de la arena y el mar, y volví a mirar el cuadro entero del televisor: ella era rodeada por dos brazos musculosos y no se resistía. Lo más curioso fue cuando miré al sofá, donde mi papá lloraba y mi hermano abría la boca tan grande como una rosquilla. La pantalla del televisor mostró la mirada entre mamá y Brazos musculosos, y papá presionó el botón de Off en el control remoto.
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Ahora parece que papá y mi hermano son un equipo. En La isla del tesoro ha desaparecido el número suficiente de participantes como para que cada uno de los que está allí compita ahora por su propio bienestar, decididos por completo a retener el parche del pirata para llegar a salvo al siguiente fin de semana. Sin embargo, fuera del set natural del canal de televisión existe un equipo conformado por un padre calvo y su hijo mayor. Cada noche se agarran de las manos y oran por ver la derrota del novio de mamá. Trato de ignorarlos a ellos y a mamá también; cuando las cámaras la enfocan junto a Brazos musculosos busco la palmera más próxima dentro del televisor, me siento bajo su sombra y veo los trazos azulados de las olas interrumpidos solamente por la espuma que salpica el aire.  
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Me alegro de no haber vuelto a la escuela. En el programa de la mañana hablaron del romance entre mamá y Brazos musculosos. Ahora ella es el chisme de moda de la televisión, como si siempre hubiese sido una mujer famosa y nunca nuestra mamá. Papá está destrozado, siempre sentado en el sofá con la mirada perdida en algún punto del televisor. Sin embargo no es el único que sufre. También mi hermano lo pasa mal, eso lo sé así no lo diga. La verdad es que son muy pocas las veces que hablamos. Siempre está callado, como concentrado en una persona que nadie más puede ver. Yo no necesito oírlo para saber lo que dice en su cabeza. Es obvio que se burlan de él en el colegio. Ahora no solo es un pitido de grillo cada vez que abre la boca -cosa que él soportó-, sino que también es la mujer que se besa con un tipo de dos metros que no es su esposo. Cuando llega a casa arroja el maletín al suelo y sube las escaleras corriendo. La puerta de su cuarto se oye en toda la casa y no vuelve a salir hasta que grito para avisarle que el programa ha empezado.
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Después de la competencia del barco, donde debían esquivar barriles de ron para luego subir por una cuerda, en busca de una bandera pirata enredada en ella misma por culpa del aire, papá dejó de ir a trabajar. Brazos musculosos llegó hasta la calavera y mamá, proyectada en millones de televisores en el país, aplaudió y celebró el triunfo de su novio; papá apagó el televisor y dijo que nos fuéramos a la cama. Al día siguiente me desperté y ya el sol estaba en la casa, colándose por las persianas de mi cuarto. Aunque no voy a la escuela desde que comenzó La isla del tesoro, igual papá me ha despertado cada mañana para que me duche, vista y aliste mi morral. Esta vez no fue así. Caminé hasta el cuarto de mi hermano y ahí estaba, dormido aún. Abajo, en el sofá, papá también dormía. Tenía recogidas las piernas como la gente que duerme en la calle. El televisor estaba apagado y por eso en la pantalla se veía a papá reflejado en tamaño pequeño. Viéndolo en el televisor parecía un nuevo programa donde muestran su vida sin mamá. 
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Mi hermano dejó de ir al colegio al mismo tiempo que papá dejó de ir a trabajar. Entonces empezamos los tres a reunirnos por la mañana alrededor del sofá y el televisor. Cualquiera presiona el botón de encendido y buscamos en el canal de La isla del tesoro a mamá, así fue como la vimos en la playa besarse apasionadamente con Brazos musculosos. Papá escondió su rostro entre sus manos y creo que volvió a llorar. Mi hermano se acercó y lo abrazó pero papá no se dio cuenta. Yo, en cambio, seguí mirando el video de mamá con su nuevo novio, solo que los borré a los dos y me puse en su lugar, con medio cuerpo dentro del agua y mirando la línea azul del mar a lo ancho del mundo.
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Parecemos anfitriones del show de Barney. En lo único en que nos diferenciamos es que ninguno de nosotros hace bromas; vestimos todo el día con piyamas y saludamos únicamente al televisor. Mamá aparece en la noche, junto a los cuatro concursantes que sobreviven, y mi hermano y yo automáticamente le pedimos la bendición. Papá dice otra cosa, la cual no logro entender. Es noche de eliminación y mamá tiene el parche del pirata sobre el ojo izquierdo. Creo que es por eso que papá ha dejado de cocinar. Ahora pide hamburguesas, arroz chino y pizza. En el momento de la eliminación, donde el participante expulsado debe saltar desde un trampolín al mar, papá y mi hermano se agarran de las manos. Ambos han llamado sin parar a La isla del tesoro durante los últimos tres días. Creen que han hecho la cantidad de llamadas suficientes para que Brazos musculosos desaparezca de la isla y de la vida de mamá. Sin embargo quien sale es el costeño que quería ganar para pagar las cirugías plásticas de su esposa. Los tres vemos cómo el hombre salta y desaparece en un círculo de burbujas.
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Ayer mi hermano cortó el cable del teléfono. Después de que dejamos de salir, el repiqueteo de llamadas que nadie quería contestar fue inevitable. A veces eran mis amigos que insistían en saber si seguía enfermo; a veces llamaban de la oficina de papá y él nos ordenaba que dijéramos que no estaba. Cuando lo hacíamos nos preguntaban en dónde podían encontrarlo y nosotros, como no conocíamos otra respuesta, contestábamos que en el trabajo; cuando no era para mí o para papá, las llamadas buscaban a mi hermano. No eran amigos porque realmente mi hermano no los tiene. Eran profesores del colegio preocupados por la salud del único alumno inteligente de la clase. Cuando sospechábamos quién podía ser nos mirábamos y decidíamos quién contestaba y mentía. El problema llegó cuando fueron las llamadas de la prensa las que empezaron a sonar una y otra vez en la casa. Ninguno sabía qué responder cuando preguntaban por mamá y papá. En una de esas llamadas mi hermano agarró el cuchillo de la cocina y cortó el cable de conexión, dejando en la casa el fantasma de un teléfono que retumbó por un segundo o dos.
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Mamá está en la parte final de La isla del tesoro. Compite contra Brazos musculosos. Los dos han sobrevivido a todas las pruebas de eliminación y parecen felices, como si no importara cuál de los dos gane. Veo el barco donde graban ladearse en la pantalla del televisor. En la última prueba deben subir por una malla hasta una canasta, en la parte más alta del barco. Cada tanto unas gaviotas entrenadas por el canal la atacan a ella y a su novio. Cuando eso pasa los pitidos del grillo gigante interrumpen su voz y Brazos musculosos intenta golpear a las aves. Recuerdo el día en que mamá se fue. Estaba contenta porque sería la envidia del barrio. Una camioneta del canal de televisión la recogería en la casa y la llevaría hasta el aeropuerto, donde viajaría por primera vez en avión. Nos despedimos de ella antes de que subiera al carro; a papá le dio un beso y él le dijo que no se asustara cuando el avión despegara. “Es como un ascensor pero más rápido”, fue lo último que le dijo antes de que ella partiera.  
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El primero en llegar a la canasta, y por lo tanto el ganador indiscutible del reality es Brazos musculosos. Cuando mamá lo alcanza en la cima él la alza hasta tenerla a su lado. Rodeados de un cielo salpicado de gaviotas, ellos dos se besan. Atrás de ellos, y sin importar que las gaviotas sigan ahí, fuegos artificiales estallan en luces que se reflejan en el mar. Veo a papá y llora desconsoladamente. Cuando estaba aquí era ella la que lloraba. Papá solía desaparecer por días y cuando eso sucedía ella dejaba de hablar y reír. Papá la ignoraba y ella nos buscaba para abrazarnos y llorar. La presentadora de La isla del tesoro le pregunta a Brazos musculosos lo que va hacer con tanto dinero. Conoceremos el mundo, es lo que afirma a la vez que rodea a mamá con su cuerpo. Una tarde, y después de que mamá y papá se gritaron, me dijo que tan pronto tuviera la oportunidad se iría lejos, donde no pudiéramos encontrarla nunca. La agarré del vestido y le rogué que me llevara con ella. Me miró un segundo y no dijo nada, solo se fue caminando a la cocina. Esa tarde estábamos solos los dos. Papá salió insultando y cerrando la puerta de un golpe, y mi hermano esos días estaba en la casa de los abuelos. A nadie le conté lo que dijo pero creo que ya no es necesario ocultarlo. Los créditos de La isla del tesoro descienden a través de un mar de fondo. Imagino a mamá cruzando el océano en un yate blanco. Brazos musculosos está a su lado y conduce el yate como si supiera a dónde ir. Estoy en la punta del barco, mirando hacia abajo, donde el mar es partido en dos por el yate. Vuelvo al sofá, donde papá está envuelto entre sus piernas y brazos, y me preguntó qué diría ella si volviera y viera el desorden que es ahora la casa. A mi lado está mi hermano y por primera vez en mi vida lo veo llorar. Siento lástima por él y por eso intento llorar también. Intento unirme a los dos en la despedida de mamá. Lo intento varias veces, pero no puedo. Ya les pasará, me digo a mí mismo. Guardo silencio y espero a que se detengan. Cuando por fin se callan miro la hora y casi es de día. Los dos duermen abrazados y yo subo las escaleras hasta mi cuarto. Una vez en la cama pienso que será difícil pero podremos estar sin ella. Cierro los ojos y sueño que nado hasta llegar a una playa donde mamá me espera sonriendo.



@Miguel Castillo: joven escritor santandereano, ganador de varios concursos nacionales de cuento. Perteneciente a las nuevas generaciones de la literatura de la región. Tallerista, jurado y cuentista de tiempo completo. Es egresado de la UIS.

Poesía y Posmodernidad. Carlos Fajardo Fajardo




LA POESÍA LIGHT:
IMÁGENES DE PASARELA


Paralelo a la caída de las utopías modernas de aventura, se resquebraja también la imagen del poeta. Entra en escena un poeta discreto, más espectacularizado que comprometido, arrojado a las esferas de lo efímero y sensacionalista. Víctima de la memoria inmediatista, a éste se le olvida y archiva pronto, cambiándosele muchas veces por otras estancias seductoras. Apabullado por los mecanismos de lo audiovisual, queda confinado a deambular sin rostro en medio de una estética posindustrial que favorece al pragmatismo utilitarista, efectivo y eficaz de la seducción telemática. La publicidad desea ciudadanos y consumidores que aplaudan no contenidos ni argumentos sino lo que fascina por su inmediatez. De allí el dilema del actual poeta: ¿utilizar también el marketing publicitario, la teatralización seductora para atraer a las “mayorías"? ¿Integrarse a la espectacularización como un componente más del Jet, la moda, el turismo y las agencias globales, o proseguir con los paradigmas de ruptura, autenticidad y pulsión individual creadora, tan caros a los neo-romanticismos vanguardistas? Efectivismo efímero versus poesía efectiva y transformadora.


Enorme pluralidad de las búsquedas; individualización masiva de los gustos. Al poeta actual se le exige ser creador de “mensajes ligeros”, ingrávidos y favorecer la ley del mercado que propone “dar a cada uno según sus preferencias” (A. Heller), preferencias desde luego administradas por la oferta de gustos ya establecidos. 


De manera que al poeta, hijo de estos nuevos contextos, se le arrincona y se le ofrece a cambio de su provocadora fuerza de invención contestataria, el plácido sabor del éxito, del exhibicionismo, alimentando un narcisismo e individualismo incivil ensimismado. De este modo, pasa de las Batallas de Ideas a las Batallas de Imágenes Visuales en Pasarelas. “Para ser aceptados por la circulación, deben ir a favor de la corriente, casi mecerse en ella. Sólo así se convierten en noticia. Levantar banderas cara al viento que sopla es un riesgo inútil, derriba a esos que intentan avanzar contracorriente” (Massó, 2001, 77). ¿Poesía de colaboracionistas y conciliadores? En el poeta posmoderno light, la pulsión crítica provoca más bien re-pulsión.



Para lograr este acontecimiento publicitario, o motivar la seducción y el aplauso a una obra a veces de sospechosa calidad, se atiende más al número de públicos que la mencionan que a sus lectores reales; a un triunfalismo momentáneo que a su verdadera permanencia poética. Es decir, se debe estar de acuerdo con la lógica de la cultura light, la cual posee sus pedagogías y literaturas de la disipación. Libros de encargo, diseñados previamente para un cierto público consumidor que no desea, por supuesto, compromisos ideológicos; editoriales que impulsan literaturas y poéticas de autoayuda, sensibleras, efectistas y pobres estéticamente. La obra poética pasa a ser diseñada, pensada no por el poeta, sino por el director, empresario y ejecutivo de la editorial. ¿Muerte del sujeto creador? También aquí se manifiesta el bricolage entre el poeta y su agente de publicidad, promotor y diseñador. Estetización masiva del poeta autónomo y creador moderno.


Como resultado tenemos una poesía que ingenuamente desea hacer parte del mercado de famosos, y que -insistimos- quiere dar al público lo que éste espera. Poesía de un lirismo trivial, paralelo a la puesta en escena de un intimismo entretenedor, telemático light. Así, la iconosfera tecnológica, con su discurso de impacto inmediato, se introduce en una poesía de corta vida, como las noticias. Al pretender competir de igual a igual con el mercado de las demás industrias culturales (TV, cine, moda, turismo, vídeo, word music, etc.) la poesía entra a una especie de disolución y pérdida de su función de interrogadora y fundadora de realidades. Teme de esta forma expresar lo inexpresable, descifrar lo cifrado, llegar a la “otra orilla”. Pierde, pues, su capacidad mistérica y poético-simbólica de traspasar el umbral y llevar, hasta las últimas consecuencias, a la imaginación creadora. La poesía, al caer en la cultura light, disuelve la fuerza exploratoria y transgresora de los órdenes históricos y metafísicos para sumirse con una placidez relajada y somnífera en un juego de imágenes y fantasmagorías con lugares comunes sin consistencia, siendo víctima de una escenografía lumínica, creada por el simulacro del mundo del mercado. En esta atmósfera, la esencialidad poética como indagación queda reducida a ruina, mientras que la exaltación a la des-realización de lo cotidiano, llevada al límite, es un augurio de éxito. La cultura mediática invade cada vez más a la poesía que, como todos los productos culturales, se ha convertido en “objeto de diversión, de risa y de aplauso o silbido” (Massó, 158), amistándose con algunas formas de farandularización del arte en esta época transnacional.



POESÍA, TEATRALIZACIÓN Y FARÁNDULA


La palabra poética ha cedido su puesto a la imagen visua; el discurso poético al espectáculo fetichista fascinador. Como toda publicidad y producto de mercado, busca el efecto en un público que aplauda, seducido por la puesta en escena de sus happenings a.rtificiales. Así, la poesía circula como artefacto del mercado puesto en escena, teatralizada en performances, instalaciones y reality show muchas veces de baja factura estética. A dedicarse al puro juego escénico y no asumirse también como juego escritural, se anula en ella la atmósfera lecto-escritural, al texto producido con palabras. Estas quedan, por la teatralización, reducidas a telón de fondo, perdiendo su protagonismo esencial de creadoras de realidades simbólicas y lingüísticas. ¿Qué pasa entonces con la lectura privada o en público del poema? Se le discapacita como productor de sentidos simbólicos, confinándosele a una acción íntima, supuestamente superflua e inútil, pues sólo lo masivo y espectacular es efectivo en estas cartografías publicitarias. Nietzsche, quien fue crítico de la “teatrocracia”, de la “moral de rebaño” y de lo masivo, intuyó de forma sorprendente el paso de un nihilismo combativo artístico a este nihilismo del desencanto pasivo. “La teatrocracia, escribía, es una forma de democracia en las cosas del gusto, es una rebelión de las masas, un plebiscito contra el buen gusto”. 


El poema como tal (escritura, lectura, voz interior, diálogo, escucha…) se sorprende al ser suplantado por un happening constante y unas performances mediocres que hacen juego a la estruendosa sociedad del ruido posindustrial globalizada. En busca del aplauso, del éxito, la marca y un futuro de adulaciones por parte del establecimiento, el poeta se rebaja a ser bufón de la corte mediática para no ser víctima de un pronto olvido. Asegura con ello su imagen pública y olvida la lucha por la indagación poética. Lo público entra a gozar de privilegios, apabullando la soledad solidaria que sostiene toda vida poética. En este proceso sólo se observa la batalla por tratar de dejar en el escenario una imagen teatral más eficaz, exhibicionista, más extasiada que la del “competidor “ de turno, es decir, el otro poeta. Cada recital donde la “teatrocracia” está presente, se vuelve una competencia de aplausos. El valor del poema o del poeta se obtiene por la capacidad de seducción que impone su happening. Lo cuantitativo espectacular supera lo cualitativo de la palabra. Ello no significa, para nada, que el poeta, por el número de aplausos que recibe, sea una alta voz en medio de esta espesa nebulosa teatral. Más bien significa que, por una parte, a la poesía le ha tocado entrar al juego de las leyes de la publicidad y espectacularizar su gracia, negando quizá la capacidad de seducción que ella lleva en sí misma desde el recogimiento creador y, por otra, que el público posmoderno es un público educado y moldeado en su sensibilidad por lo mediático, alfabetizado en la cultura del espectáculo y del aplauso sensacionalista.



A todo esto, ¿qué pasa con la poesía del silencio? ¿Con la poesía de la intimidad dialogante, surgida del recogimiento entre texto, autor y lector, edificados en una sola entidad estética? ¡Se impone una poesía estridente, que sólo entusiasma por su languidez teatral y que manifiesta una desfachatez relajada, despreocupada por la edificación de una gran poética!


En esta edad del comerciante y del bufón, la poesía se faranduliza con su juego de palabras y escenas fáciles de digerir, mostrando un deprimente espectáculo. Despoetización de lo poético y poetización de lo light. Esto no quiere decir que nos opongamos a la fusión de las artes y a la hibridación de los géneros, lo cual, realizado con alta calidad y con gran conocimiento del proceso, sirve para superar algunas fronteras estéticas y favorece el descubrimiento de nuevas posibilidades artísticas. Lo que aquí se cuestiona es la facilidad con que se entrega toda pulsión poética a las leyes de una espectacularización mediocre, la cual concibe el arte como adorno decorativo y ornamento artificial. Se sabe que las hibridaciones o mezclas de géneros y estilos provienen de la concepción estética romántica sobre la unidad de las artes, donde las manifestaciones artísticas se congregan en la poesía, la cual es común a todas ellas por encima de sus diferencias formales. La poesía adquiere categoría de Fundamento estético, unificando las artes en un “continuum” hasta lograr la obra de arte total. Esta concepción estético-metafísica progresiva del arte y de universalismo poético, convertida en utopía moderna (el poetizar la sociedad y socializar la poesía) se ha mutado en la posmodernidad por una estetización vacía de fuerza sublime ante lo infinito y lo universal, cuyos resultados son la vacuidad de una tolerancia pasiva y la coexistencia pacífica conciliadora que se olvida de “unificar la liberalidad absoluta con el rigor absoluto” como exigía el romántico alemán Friedrich Schlegel. Las hibridaciones entre los géneros de última hora, ignoran esa fuerza crítica y creativa que debe acompañar a las nuevas manifestaciones artísticas, producto del pluralismo estético. 


En esta estetización se acepta toda acción como una acción artística y ya conocemos sus resultados. Se produce una “Estética del acontecimiento” y del efecto donde cualquier cosa o ejercicio físico puede convertirse en objeto artístico y ser considerado de buen gusto y agradable. (Cf. Marchán Fiz, Sf. 106-107). “Estética del acontecimiento” sensacionalista como los Ready-Mades. Pero si en Duchamp este acontecer libera al objeto o a la acción física de todo propósito práctico y funcional, constituyéndose en artefacto artístico, puesto a vagar sobre el “planeta de la estética” (Marcel Duchamp), no pasa lo mismo con la poesía light farandularizada. Antes que sustraerse del mundo funcional del mercado, ella queda más bien fascinada por el utilitarismo pragmático de su acción en el Spot publicitario. La estetización cumple aquí su cometido: fusiona utilidad, arte y mercado. El argumento kantiano del “arte como finalidad sin fin”, sin propósito práctico y útil, se supera aparentemente en la estética y poética light gracias a las hibridaciones que se manifiestan en la globalización económica y en la mundialización cultural. La poesía se funde así con la alta costura, los autos, el turismo, las Top Models, el Hit parade. Es decir, farándula, poesía y mercado se constituyen en mundos paralelos, si no similares, gracias al macro-proyecto en red del consumo. 3





Al ponerse de actualidad estas fusiones, es la palabra viva del poema y del poeta la que declina ante la imagen visual. El lenguaje poético es reemplazado lentamente por una teatralización casi esquizofrénica, subsidiada por una cultura telemática, la cual logra realizar algo impensable en la tradición poética moderna: saltar de las Top Models del Fashion internacional a los nuevos Top models poéticos y políticos, es decir, superar la palabra por la imagen contundente y fascinante. “Para el Top internacional el dilema de la comunicación audiovisual se ha resuelto por la amputación pura y simple de la palabra” (Virilio, 1999, 82).



 @Carlos Fajardo Frajardo. Poeta, ensayista y docente colombiano.Tomado del texto Poesía y posmodernidad. Algunas tendencias y contextos. El texto completo aparece en:

 Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid