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viernes, 19 de octubre de 2012

PEQUEÑO MITO DEL BOSQUE/Libro de Gabriel Arturo Castro



DEL MITO DEL BOSQUE AL MITO DEL FUEGO
(Sobre el libro Pequeño mito del bosque de Gabriel Arturo Castro)
Si el fuego se extiende, ¿dónde se levantará el arco iris? Gabriel A. Castro M.

Este libro que se abre de manera mágica ante los ojos del lector es también una forma de bucear en medio de las profundas aguas de lo misterioso. Entre esas zonas oscuras surge todo aquello que ha permanecido oculto, como antiguos secretos, que se revelan sólo cuando es posible mirar de frente a los ojos del animal en el que ahora nos reconocemos. Esta suerte de anagnórisis la hace posible el poeta mediante un viaje singular que le permite, a través de su particular alquimia, ir convirtiendo el detritus de la cultura occidental, luego de una larga y dolorosa anamnesis, en una celebrada realidad, distinta a eso que nos venden los medios de comunicación.
Contraviniendo todo tipo de manuales, en particular aquellos que validan el éxito y el marketing editorial, el poeta prefiere el tono, cada vez más personal, que lo irá acercando a la construcción de atmósferas y ambientes llenos de sugerencias, voces y matices, por lo general, más cercanos a lo nocturno, pero, igual, de manera antitética, a  la luz. La figura del fuego se irá extendiendo como un vasto incendio a lo largo de todo el libro, el que por suerte no termina devorado por sus propias llamas.
Un cierto dejo romántico, un sesgo hecho de manera intencional, que le permitirá al poeta hundir su daga justo en la hendidura que se abre entre la modernidad y todo aquello dejado con descuido por el incontenible avance de las locomotoras y las fábricas con sus chimeneas humeantes, es el que marca el libro en su atmósfera más íntima. Allí, en esa herida abierta, arrojará no solo luz y sal, sino todo ese piélago de animales para que empiecen a mortificar la llana tranquilidad, el confort y el arrellanado aburguesamiento de esas otras criaturas que se niegan a la animalidad sólo por arrogancia o porque viven en la creencia, muy occidental, de que vivir conectados a un Smartphone nos hace más inteligentes y capaces.
Aquí, el poeta es asumido como el chamán de las sociedades contemporáneas, acaso ante la incapacidad de esa misma sociedad para asimilar el vertiginoso paso del progreso, la idea de desarrollo y civilización. A manera de respuesta, Gabriel Arturo Castro, decide convocar las deidades del presente para sumergirse en los pliegues más recónditos del tiempo, hasta encontrar el fuego prometido, el fuego ahora capturado por los modernos prometeos, esos que se niegan a mirarse en el espejo por miedo a reconocer en el rostro de la Medusa, el rostro del animal, la propia mirada, quizás llena de terror.
La pregunta del poeta no es en vano: “Si el fuego se extiende, ¿dónde se levantará el arco iris?” No le falta razón, además, al lanzar la llama de la inquietud: “Sólo le basta lanzar las astillas de la palma para cazar los pájaros nocturnos”. Si todo es prosa moriremos aniquilados de física llanura; si todo es parte de esa conspiración moderna para convertir, hasta lo más sensible, en prótesis y extensión de los sentidos, gadgets que crecen como extensiones de la vista, de los oídos o de la memoria, ¿entonces no habremos llegado al final de la utopía, del arco iris que se oculta y ya no es promesa? ¿No es acaso el teléfono móvil una extensión, una prótesis, de la lengua, de los ojos, de los oídos y de la memoria?
En el poema Embriaguez el autor deja entrever esa mutación que ha vivido la sociedad contemporánea:
El hombre del bosque cortó la sombra del viejo árbol,
aquel espeso ramaje que sostenía la embriaguez de los
pájaros de diablos y lunas, y al mono aullador fijando
su voz ebria sobre la copa o la corteza.
De la tala surgió un misterioso árbol, segunda reunión
de espigas, madura sombra, extensa y cierta.
Ahora la flor seca huele a vino rancio.
La embriaguez del hombre moderno, el que se cree soberano y autónomo a pesar de Freud y Jung, a pesar de las sombras que van quedando en medio de la automatización de la vida, incluso la más espiritual, es puesta en evidencia; es la embriaguez y la borrachera que produce la tecnificación de la vida, la exclusión de eso que Husserl llamó “el mundo de la vida” para darle paso a la instrumentalización propia de las sociedades contemporáneas, del pensamiento tecno-científico, por encima de cualquier asomo de lo humano y del humanismo; es la embriaguez que produce el saberse soberano porque se tala el árbol  (El hombre del bosque cortó la sombra del viejo árbol) y desnuda su existencia y de paso corta el aire, el oxígeno, la tierra, el cielo, los pájaros y su maravilloso canto. Es la borrachera del hombre que saluda “la flor seca”, la flor artificial, la flor de plástico que remplaza la natural, incapaz ya de diferenciar entre una y otra, entre el mapa y el territorio, envuelto quizás en la pesadez que deja “el vino rancio”.
Si el fuego se extiende, la demasiada luz no permitirá ver el arco iris. Asistiremos entonces a la costumbre de la luz y, en ese sentido, a la ceremonia cotidiana de los que  no saben (pueden) ver o de los que ven demasiado. Ya ciegos, por la costumbre de la luz, nos convertiremos en animales escleroftálmicos, incapaces de cerrar los ojos, porque los párpados han sido eliminados para darle rienda suelta al homo videns, al hombre que lo quiere ver todo, que quiere presenciarlo todo o que es incapaz de dejar de ver. Es el castigo mítico del hombre contemporáneo, una suerte de voyeur, muy a su pesar, que va por las calles de las grandes ciudades registrando con su mirada todo cuanto ve. Intoxicado de imágenes, finalmente, decide hundirse por completo en las sombras: “el miedo del sol habita su rostro” y “Clavan candelas en los ojos de los dioses”:
En el Pequeño mito del bosque, Gabriel Arturo Castro, nos muestra otro mundo, la más desnuda de las realidades, y ese hecho puede ser una fuerte interpelación a la sensibilidad del lector distraído. Para ello nos presta y nos facilita los ojos de animal, de salamandra,  para aprender a ver el mundo de nuevo, con otros ojos, con esa mirada que, salvada del fuego, nos prepara para aprehender la realidad “real” ¿la verdadera realidad? Convertidos en salamandras podremos ir por el mundo inaugurando formas a partir del fuego, de la luz, porque, como se sabe, es la luz la que nos permite percibir las cosas al darles cuerpo y sacarlas de entre las sombras: “de las llamas/ saldrán pájaros de colores y de sus plumas harán sus/ vestidos los muertos”. ¿Serán los poetas los únicos seres capaces de convertir, como taumaturgos, la nada o la oscuridad en destellos y relámpagos oníricos, paisajes donde: de las llamas/ saldrán pájaros de colores y de sus plumas harán sus/vestidos los muertos?
A la manera de Rilke, y siguiendo el epígrafe del libro, habrá que decir: “Lo que está fuera, lo percibimos tan sólo/ por el rostro del animal. ¿Y qué es lo que está fuera? La pregunta es no solo inquietante. Lo que está fuera es igual a lo que está dentro? O algo creado, prolongación de la mirada, y que para poderlo percibir hace falta esa suerte de conmoción sensorial de la que hablara Rimbaud en su Cartas del vidente: El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos."  
Sólo la salamandra escaparía al sol fuerte que quema
los huertos.  El ardor le subiría al rostro y su cuerpo se
tornaría opaco, opuesto a la luz, pero jamás tendría ella
lugar al lado de la cavidad de la llaga, su abismo abierto,
sangradura de río, honda  acequia que dibujó la piedra roja.
La salamandra siempre habitó en el fuego.
Lo que está fuera incluye al animal mismo con su rostro metamorfoseado. ¿Habrá aquí una suerte de fenomenología primera? Una manera de ver desde la cavidad de los ojos, desde la no mirada, porque al fin y al cabo uno no ve con los ojos, sino con el cerebro y con todo el cuerpo. O porque, después de todo, habrá que terminar confesando, como Merlau-Ponty, que “toda mirada es un pensamiento condicionado”.
El hombre contemporáneo se comporta como ciego, producto de su soberbia y arrogancia. Camina aturdido, en medio de la bulla y del ruido propio de la moderna sociedad que le apuesta a la exacerbación de los sentidos, al disturbio sonoro y visual, para huir de sí mismo, del silencio y de la capacidad para conectarse con su dimensión sagrada. De allí que sea incapaz de ver las columnas de humo que se elevan en la distancia, del incendio que se extiende y que va consumiéndolo todo:
Al final, extinta la llama, únicamente podía ver un
puñado de líneas delgadas sobre la ceniza.
Como sé que al autor pocas cosas se le pueden pasar sin que fije su ojo crítico y de inmediato devele su presencia, no me atrevería a sentenciar que algunos elementos reiterados a lo largo del libro permanecen todavía inconscientes y, en ese sentido, mi lectura estaría, en cierta forma, mostrándolos para su sorpresa. Hago referencia a la presencia del fuego, ya sea como elemento, simplemente, o como el hecho simbólico que el autor es capaz de ir creando al mismo tiempo que su particular fauna mítica. Lo mismo podría suceder con la noche y con esa extraña dama que con frecuencia invoca el autor (Obstinada dama de la noche), que bien podría ser una alusión a la poesía misma, a la poíesis, más que a una mujer de extraviadas costumbres. De la misma manera, habría que decir que recurriendo a una gran habilidad, la del escritor que sabe su oficio, construye una atmósfera llena de imágenes celebradas desde esa navaja de doble filo que es la adjetivación. De esta manera el texto se va tornando nocturno, antiguo, cenagoso, rancio, negro, enfermo, estancado, inflamado, amargo, silvestre, corto, etc.
Es justamente, en medio de esas evocaciones, donde aparece el mago, el brujo, que hay en Gabriel Arturo Castro, como en todo poeta, para lanzar provocadoramente rezos, letanías, imprecaciones, conjuros, sin que uno pueda diferenciar entre un sortilegio y un Ars Poética. Habrá que estar atentos y reconsiderar la posibilidad, en adelante, de mirar al poeta directamente a los ojos, porque podría correrse el riesgo de terminar convertido en piedra o estatua de sal, en el peor de los casos, en una bestia propia de la extraña y rica fauna registrada En el Pequeño mito del bosque.
¿Cómo perpetuar la noche  señora?
Un chasquido molesto responde y golpea:
extienda un pañuelo de seda oscuro ,
deposite sobre él una porción de antiguo tabaco ,
alas de aves cebadas,
humo de hojas secas, calabaza rancia ,
tierra cenagosa  y jugo de adormideras.
Cierre el pañuelo, déselo al apagador de velas,
él recorrerá el mundo provisto de la seda
y su capuchón de ángel negro.
Que la lengua nos salve de la quema final y que el humo que trepa en forma de señales cifradas sea el silencio, el oscuro pájaro que canta sobre el alfeizar de los ojos.
Julio César Correa
Poeta, docente y dibujante
Manizales, 26 de febrero de 2012