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sábado, 26 de mayo de 2012

MILAGROS DEL HUMOR/ Víctor López Rache


Por VICTOR LOPEZ RACHE
La poesía de Omar Ortiz ayuda a preservar el milagro. El milagro de la palabra como la usa el ser natural. Es imposible encontrar un verso con pretensiones poéticas, sin embargo, podemos decir que los 30 textos de este libro son poesía; inquietante poesía. Página tras página vamos descubriendo sorpresas conforme suceden los azares de la vida. Pues  cuando Omar Ortiz habla de vida, la asume como algo parecido a una máxima cargada de humor, especialmente en aquellos poemas que evocan las aventuras de los personajes ajenos a las tragedias de la época. 
Entre líneas el poeta nos dice, que quienes han elegido la seriedad como destino, la vida se les ríe y han terminado en malas relaciones con ella. Lo pueden confirmar los poemas de Las muchachas del circo, en cuyas apariciones el enano no es la viñeta de un adulto, ni una caricatura infantil; más bien, es el maestro de la ironía, o un dios perverso.
El poeta también nos recuerda que escribir poesía no implica divorciarse de la realidad y de los placeres y desencantos del trascurrir, la poesía no esquiva ninguna etapa de la edad. De manera sutil nos dice lo que siempre ha hecho el hombre, pero al contrario. El ser tradicional celebra el nacer y llora el morir, mas en el mundo de Omar, la palabra abre un nuevo camino y, para recorrerlo, es necesario desatenderse del nacimiento para poder establecer “las minucias de la muerte”.
En dicho trasegar un hombre puede someterse a la costumbre irresponsablemente. Sin embargo,  como es sensato,  ya sin enojos, debe entender el silencio de los vecinos; otros,  menos tímidos se casan para poder seguir siendo fieles a las delicias de los bajos fondos. 
La poesía de Ortiz eleva el amor proscrito a un nivel en que, un experto en bares, lo podría describir con una pluma de ángel. Es tal el manejo de sus situaciones y personajes (no pocos poemas son titulados con nombres propios) que, en sus páginas, no es raro encontrar circo, alambique, matrona, alcantarilla; palabras que en un poeta distinto simplemente causarían escozor. También es capaz de hazañas que ni siquiera ocurrieron en las épocas que soportaban los héroes: atravesar montañas y valles por un puñado de sal.
 Esto no significa que Ortiz sea un poeta de misterios invisibles. Nuestro tiempo es nuestro principal bien, y lo único a salvo de embargos. Es un tiempo intransferible al ritmo de nuestros contemporáneos. No es el tiempo de los inmortales y menos de lo inaprensible, de lo metafísico. De tamaña trascendencia nos podría dar un testimonio menos etéreo “el gato que sabe de memoria la huella de sus dedos”.
Los poemas de Omar Ortiz no ignoran aquella premisa que dice que el poeta verdadero poetiza las experiencias de su tierra: “Ahora soy una desteñida foto que mi madre lleva a cuestas en plazas y desfiles”. Es innecesario saber la historia para observar que su trabajo se adentra en la memoria de los desaparecidos. Entre bromas y furias, Omar es un poeta con poemas afortunados acerca de la violencia. A través de su poesía conocemos una época de hechos perversos: temeroso de lo que ven sus ojos hasta los cuervos huyen. Bajo esos mismos cielos, eliminan a un hombre cuando querían asesinar a la mujer que encarna la palabra de un pueblo. La sobreviviente es Aída Quilcué y, refiriéndose al presidente encubridor, ella dice:
“Mentiroso, mentiroso, mentiroso”.
Difícilmente la palabra mentiroso podrá oírse tan estremecedora en un poema distinto al de Omar Ortiz. Su grito es el susurro de una indígena, herida, huérfana y viuda. Evoca distintos gritos de desespero e indignación. Leyendo el poema, incluso, podemos oír el eco del gallo que cantó tres veces para cumplir la sentencia capciosa de Dios. Nada de alma en tiempos de despiadados en que las religiones son más avaras que los banqueros. El espejo es incapaz de dejar ciego al asesino cuando se peina. El alma sería, apenas, uno de los licores de la lengua insaciable de Dios. 
Dentro de estas mismas fronteras hay quienes ensayan el suicidio por diversión. No para asustar a deudos ni para burlar las cartillas de los especialistas en la mente humana. No. El suicida de este libro le “gusta observar el rostro culposo de Dios”. Poética manera de ponerle a Dios defectos y responsabilidades del hombre.
La poesía de Omar Ortiz oscila entre la broma y el milagro.