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viernes, 14 de octubre de 2011

LA POSMODERNIDAD, JUEGO DE ESPEJOS Y SIMULACIÓN


 Por Gabriel Arturo Castro M.

A veces uno se pregunta cuál es el fundamento de un tipo de narrativa posmoderna. ¿Es especulativa, totalmente empírica? ¿Hay más razones prácticas que filosóficas en la interpretación de los acontecimientos que se narran?

Lo cierto es que subsiste el realismo (describir se ha vuelto más importante que buscar la esencia y el sentido de las cosas narradas), un testimonio contemplativo e hipnotizado del presente, aunque lo importante es la novedad del ejercicio narrativo. De esta manera es claro que puede haber innovación a partir de la creación de un texto, ingenio,  imaginación diferente, autenticidad, fuerza de libertad inventiva, parodia (en cuanto el oficio de la escritura se desacraliza, el protagonista ya no es el héroe y su mundo puede ser cuestionado), reescritura de un género, tras la combinación ecléctica de elementos provenientes de diversos estilos y expresiones que intenta la obtención de un conjunto armónico.

Hay obras posmodernas que  apelan a los elementos de comunicación directa con el lector, en forma disyuntiva y abierta, proponiendo una especie de juego de perfomance, donde la escritura se vuelve “ejecución” de un texto que se traduce a experiencias existenciales, cuyo lenguaje puede ser interpretado por el lector en términos de sus propias situaciones privadas o, peligrosamente, desde otra óptica, es posible que lo entienda de modo literal. Es menester apuntar el alejamiento total que hace esta narrativa de la metáfora y su acercamiento a la metonimia, lo cual implica la expresión de una palabra de sentido lógico, sobreentendida, explícita y denotativa.  La lectura se da en la orientación estricta del contenido del texto. Podemos hablar, entonces, de la hibridación de los lenguajes, de la existencia de una palabra funcional de distintos orígenes.

Según características del quehacer posmoderno, el texto se asume desde la dispersión, fenómeno que hace de la tensión algo secundario, pues no importa si la historia suscite emoción o intensidad en el lector (las leyes de la causalidad están por encima de la intuición, la irrupción de lo inesperado, el asombro y la extrañeza). Asistimos a una crónica donde sucesiones, personajes y destinos se llevan a cabo a través de un movimiento lento, pausado y cinematográfico. Hay un gusto por el episodio, por la elaboración de flujos inconexos de acontecimientos, por el cambio incesante que da una sensación de provisionalidad de lo narrado.

 La tarea de interpretación, de este modo, es bastante sencilla, ya que el narrador expone pero no cifra, haciendo de la escritura una suma de informaciones, impresiones y noticias. Un tiempo abierto al pasado en forma de percepciones y crónicas, pero asumido de forma racional y controlada, sin asomo de su dimensión dramática. Ausencia que deja un vacío en esta especie de relatos, de retratos verosímiles,  alrededor del juego de espejos, similitudes e identidades.

Si continuamos invadidos por esta literatura, ¿cuál será, entonces, el  futuro de la imaginación, la escritura y la creación en los próximos años? La respuesta puede estar situada dentro del reto de pensar en los peligros de la cultura masificada. Noción inquietante. La cultura de masas (efectos del capitalismo y de la posmodernidad)  es una degradación-comercialización de la cultura, una fuerza alienadora, una expresión segregada por los medios de aglomeración y su sistema de valores que someten al individuo a una fuerte y amplia presión de seducciones.

Entre ellas es posible citar la legitimación del hedonismo y el individualismo; la incorporación triunfante de la realidad virtual; la limitación de las libertades sustantivas; el reemplazo del Estado por las transnacionales; el dominio, mando y señorío de la noticia y la rapidez de los eventos; la coexistencia pacífica entre las modas, la imposición vertical de la eficiencia y del éxito, la profundización de las desigualdades, la vida cultural al ritmo dictado por el neoliberalismo, la quiebra del concepto de historia universal, el hábito de lo desechable, la informática como el reemplazo de las cosmovisiones religiosas y filosóficas; la desconfianza en el poder de las ideas, la pérdida de la solidaridad humanista y del sentido colectivo de la existencia; la banalización de la información de los medios, la dicotomía entre lo público y lo privado, la abolición de la reflexión social y filosófica, el imperio de lo económico y lo burocrático, el divorcio entre racionalidad y libertad, la vuelta a la retrógrada  tradición del provincianismo, el ahondamiento de la crisis cultural,  la entrada a una nueva Edad Media y su orden feudal (complejas redes de dependencia, vasallaje, absolutismo, distribución de feudos, el oscurantismo y la nueva Inquisición), tal como lo advirtiera Umberto Eco; y como consecuencia, el nefasto abordaje del postmodernismo, la otra cara del neoliberalismo, un difuso movimiento que se define por adoptar posturas eclécticas, individualistas, pragmáticas, facilistas, carentes de compromiso social, bajo los esquemas decadentes de la antiforma, la casualidad, anarquía, descreación, antítesis, performance, diferencia, combinación, dispersión, inmanencia, antinarración e indeterminación. 

Es una nueva época que desea uniformarlo todo en beneficio de un individualismo anárquico, “al paso que tiende a destrozar toda universalidad en el orden espiritual”, según sabias y visionarias  palabras de Igor Stravinsky, quien afirmaba que ciertos artistas contemporáneos y lectores ingenuos, hacen  parte de esta infernal maquinación cosmopolita. Dicho compositor hacía la diferencia entre lo universal y el cosmopolitismo. Lo universal supone la fecundidad de una cultura esparcida y comunicada por doquier, mientras que el cosmopolitismo no prevé acción ni doctrina y entraña la pasividad indiferente de un eclecticismo  estéril.

¿Cuál es el peligro de esta moda, producto de la cultura de masas, de las nuevas formas que toma el capitalismo?: caer en el simulacro o la simplicidad; reducir todo a la ironía (a su versión empobrecida); aceptar el ocaso de la profundidad por la superficialidad de las obras; la limitación del concepto de lo lúdico, de la intensidad y lo visual; la abolición del sentido crítico; la expansión de maneras televisivas, la telenovela y el espectáculo, como el centro de la producción “artística”; acatar con docilidad la extinción de los límites entre arte y vida cotidiana, y aprobar una arbitraria promiscuidad estilística general. Tal aberración sólo lleva al pragmatismo y al  preferente utilitarismo, donde las ideas de comodidad, escape, contraimaginación, decoración, liviandad, simplicidad, esquematización, reducción, estilización, vaguedad, palabrería superflua (el arte como desecho y relleno, o lo que es lo mismo: ripio), consumismo, docilidad y conveniencia, se imponen.

Pero el verdadero Arte puede retar la cultura de masas y sus tendencias actuales, sin importar el disfraz que ellas asuman o los rimbombantes nombres, bajo los cuales ocultan sus intenciones.

 Si es así, entonces, ¿será capaz de restituir la cohesión, la correspondencia entre las condiciones de existencia del hombre y de la sociedad, con el universo simbólico que lo interpreta, recrea y transforma?

En la medida que el Arte se resista a ser sustituido por nuevos o viejos fetiches de la sociedad capitalista, la respuesta a la anterior pregunta será positiva y el arte no morirá, ni el lenguaje artístico y sus contornos van a desaparecer hasta límites fantasmales. La sobrevivencia de los cimientos antropológicos y estéticos del arte actual se colocará por delante de las sensaciones y pronósticos apocalípticos. Como lo escribe Antonio García Berrío: “El arte continuará siendo reconocible como ficción literaria, como exhortación lírica de la imaginación y el sentimiento o como la tecnología narrativa de la memoria”.

Las bases humanas, éticas y estéticas del arte, aunque sean variadas o transfiguradas, resurgirán entre las necesidades del hombre. El arte cambiará sustancialmente si se transforma la medida de la imaginación antropológica sobre las estructuras espacio-temporales de la sensibilidad y la simbolización. Mientras tanto deberá convivir con las presiones de una sociedad que ha separado la tecnología de la humanística, relegándola al puro asunto mecánico, a la exclusiva idea de productividad material, sin reparar  en su dimensión social e intelectual.

Claro que la constancia del arte se halla junto a su variación, dinámica y modificación, pero todas sus expresiones seguirán con su influencia y continuarán enunciando, como lo pensó Kant, las intuiciones del individuo mediante formas inventadas por éste, siendo capaz, una y otra vez, de comunicar, conmover y de dar goce universalmente.

Ese extraño progreso tecnológico que ha hecho infeliz al hombre, no puede asfixiar al arte, pues según Walter Benjamín, la actividad artística es una anticipación utópica. Es más, la utopía coincide con el origen. Este no es un pasado histórico, sino un presente eterno, “un tiempo del ahora”.

Michael Ende nos enseñó que el acto creativo siempre se produce en el instante actual y es, por naturaleza, acausal, libre, indemostrable. Indica el autor alemán que en los diarios de Kafka hay una extraña anotación: “Cristo: el instante”. “Suena como una paradoja: sólo en el aquí y ahora aparece lo no-temporal, lo eterno-creador, lo único que libera verdaderamente al hombre”.

Ello distingue el “presente”, de la repetición postiza en la que se halla inmerso el gesto artístico. En la reproducción (llámese inmovilidad, yugo, ceguera, mutilación o cautividad) y reiteración mecánica, el arte pierde su autenticidad.