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martes, 26 de octubre de 2010

UNA ESCRITURA LATINOAMERICANA DE LA MUERTE


Por Gabriel Arturo Castro


La presencia de la muerte - sus figuras y sus imágenes - es una característica persistente de la literatura latinoamericana, acompañada de sus hermanas de parto: la violencia, el despojo, el hambre, la huida, los fantasmas que habitan un mito de destrucción que se renueva a cada instante. Bien lo dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad: "Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas". Frente a la muerte esta parte del continente encuentra un extraño término, el apocalipsis, que sirve de estribillo a nuestras letras. Juan Rulfo ejemplariza esta dimensión donde se revela un jirón del destino humano, sus arcanos, sus misterios. Aquí la desesperanza, lo triste, lo fatídico con todas sus perspectivas, acuden a la narrativa, la soledad asiste a un mundo desvertebrado y caótico y con ella las múltiples formas de la muerte: la orfandad, los miserables, los que roban y matan, la venganza, el homicidio, la agonía. Sobre Pedro Páramo vendrán las imágenes de la injusticia, un pueblo está sometido por el verano y el poder del cacique, que viola y asesina. Pero no es la única presencia de la muerte, ya que ella conduce también al recuerdo nostálgico, a la evocación de los afectos en un tiempo de consecuencias trágicas: los personajes sufren de remordimientos y herencias desoladoras. El sueño congela el tiempo, lo predice funestamente de mano de la soledad.


No es extraño que los destinos de los personajes estén envueltos de fatalidad y de culpa. Siempre la realidad cotidiana ofrece señales de muerte, parte del fracaso, de la frustración del hombre, en duelo permanente con el otro, en huidas o persecuciones infinitas. La muerte resultante es vista como natural, usanza, costumbre, trajín diario, elementos que son asideros de una imagen, arraigamiento de la narrativa rulfiana.


Las primeras obras de Gabriel García Márquez, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y La hojarasca, plasman un mundo en decadencia que espera con resignación la muerte, simbólica y real. Primero a través de sensaciones y luego por medio de concreciones. La hojarasca surge sobre la visión de "un viejo que lleva a su nieto a un entierro". El significado de la lluvia es la ruina, el embate del tiempo que cae sobre el pueblo, inunda sus casas, erosiona sus tierras, mata su gente y ganado. Es el limbo, la monotonía, el laberinto, tiempo cíclico que vuelve al principio en un eterno girar. La muerte lo contagia todo de soledad y desolación. Hay muertes violentas y casuales, odios gratuitos, juegos con la muerte como en El ahogado más hermoso del mundo, donde la aldea se transforma, las casas se agrandan y se organizan unos funerales magníficos. En cambio, en La mala hora encontramos la bajeza de la violencia de origen político y luego en Cien años de soledad las muertes justas e injustas, crueles y naturales, suicidios, fusilamientos, masacres, guerras civiles y los caminos andados por los muertos en vida. Si en Pedro Páramo es el calor la fuerza que moldea, en la obra de García Márquez es la lluvia la que trae la funesta noticia.


Desde otra orilla, César Vallejo inaugura la tensión de lo imprevisible: Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor, cuando me duele el sueño grabado en un puñal.


Siente por lo tanto todo el dolor humano dentro de su propio ser y se constituye a la vez en la tristeza de todos los hombres. La existencia la concibe desde su límite final, desde la muerte. Esta conciencia de mortalidad lo lleva a identificarse con los demás. Sí, se muere por los demás desde una actitud de ética cristiana, de purificación, de sacrificio que implica la aflicción y el trabajo. Le agitan el drama, la pobreza, el desamparo y los convulsionados sueños dePoemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Vallejo es nostálgico, posee el cariño de la evocación subjetiva, pero es la añoranza, la tristeza por el exilio, por la ausencia: "Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporase lentamente, abrazó al primer hombre, echóse a andar".


La vida y escritura de Horacio Quiroga tuvieron un signo trágico entre diversos homicidios, suicidios y fracasos: suicidio del paralítico padrastro, suicidio de su primera mujer, suicidio del propio Quiroga al saberse incurable y homicidio involuntario de un amigo, entre otros hechos. Las palabras del uruguayo caen sobre las páginas como un halo terrible de claroscuro, una trilogía de fuentes que se entrecruzan a tiempo: el afecto de otros, una afición por el delirio y la destrucción de la vida, constantes seguras del escritor. Todo evento narrado siempre culmina en la muerte, la muerte le duele en carne viva, angustia del creador, verificación del sentido íntimo y profundo de su soledad. Hallamos ante esta pasión el sentido humano de su obra, su momento y sentimiento dramático: el hombre es un ser de sangre y de tensión al extremo, pasión que podemos encontrar en su libro Cuentos de amor, locura y de muerte.


Enlaza esta obra con La vorágine, de Rivera, eco del caos, resonancia y dibujo de un continente con entrañas de crueldad, de un mundo convulsionado por la violencia, la hazaña y el riesgo. El testimonio de Rivera da cuenta de la injusticia social y de una atmósfera de muerte, dolor y angustia, el verde agresivo del cauchero que aniquiló al indígena.


Estos restos en la historia también los podemos encontrar en Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz que es la narración de un moribundo o en la meditación borgesiana sobre la muerte y el renacimiento en Cumpleaños.


De manera semejante Augusto Roa Bastos, en Hijo de hombre y El trueno entre las hojas, devela a la muerte como el principal eje temático, la muerte tras la opresión en el Paraguay o la muerte compleja que evoluciona en su elemento mítico: regreso al origen, evolución, cambio de estado.


Ernesto Sábato piensa que el sacrificio de la muerte sería inútil, porque el nuevo orden tras la guerra sería ocupado por cínicos y negociantes. Pero ese exclusivo acto rescataría a la humanidad de la podredumbre, según nos cuenta en Abaddón, el exterminador. La muerte igual es el fin de la magia que paraliza el tiempo y rompe el hechizo.


Por su parte Oscar Hahn mira a la muerte vertida como un fantasma, evidente, inevitable, rodeada de ambientes familiares. En Arte de morir lo fantástico crea lo anormal a través de los diálogos irónicos y la construcción de conceptos. Así la imagen de la muerte llega al reino de lo cotidiano.


Para Xavier Villaurrutia el tema de la muerte está asociado al de la noche y el sueño, obsesión, experiencia vivida, destierro, amargura y horror frente a la existencia, lo que para Borges era una experiencia intelectual, ocasión de reflexiones eruditas y sentencias clásicas. Es la distancia que hay entre Nostalgia de la muerte del poeta mexicano e Historia de la eternidad del autor argentino, y su juicio de lo interminable en el presente literario. Visión opuesta, por ejemplo, a la noción fugaz y temporal de la vida de José Gorostiza en Una muerte sin fin, pensamiento análogo al de Jorge Gaitán Durán, quien asumía la palabra plena ante la inminencia de la muerte, la muerte profética, intuida tras el paso del tiempo, sus secuelas de infierno y tormento. Gaitán Durán toma la muerte mediante el erotismo, su memoria, destrucción y desgarramiento, el sentido de fatalidad y de la historia.


Y el erotismo, junto a la poesía social de alta lírica, también visita la poesía de Juan Manuel Roca, confluencia de la imagen sustancial de Juan Rulfo y la profunda experiencia vital de César Vallejo. Luna de ciegos, Tríptico de Comala o Tertulia de ausentes, anuncian los rastros de la muerte, sus ironías y sarcasmos. La palabra humaniza el oscuro espacio de un país, otra vez Comala como una patria cercana, los seres de la noche, las cosas prohibidas, lo siniestro rondando: "¿Y no se cansa este sol de brillar sobre los muertos?". "¡Y si la muerte fuera un cartero repartiendo su negra tarjeta de visita en cada casa!"; o el Monólogo de Guadalupe Posada que dice en su inicio:


El mundo cabe en las cuencas de una calavera.
La que portaba Hamlet como lámpara votiva
Quizá sea una testa de segunda,

Comprada en el ser o no ser del cementerio.

¡Y pensar que somos –dicen las calaveras-
nada más que un futuro ya cumplido!
Es tiempo, despojados de su cuerpo,
De sonar sus guitarrones,
Sus trompetas resurrectas.
Ahora que habito un reino de ceniza
Recuerdo que trabajé a un ritmo
Más endemoniado que la muerte.
Hijo de panadero, amasé la greda
En cada grabado y fue como gritar:
¡Vivan los muertos, gavilla de Lázaros
Regresados de sus tumbas!
Siempre sube que la muerte estaba
Más viva que nosotros, que podía
Ataviarse de Quijote y lancear hombres secos.