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miércoles, 22 de diciembre de 2010

CUENTO DE JACOBO REYES GODOY


Solidaridad De Sobremesa
Alguien ve a la niña subir sus pies en la silla del comedor, sin embargo su madre no la reprende ni la obliga a usar zapatos, al contrario, no la deja bajar.
Alguien no la escucha, pero sabe que ella está llorando mientras abraza sus propias piernas y se muerde una rodilla. La mesa del comedor y su silla están frente a su casa, afuera, junto a los otros muebles grandes y las cosas caras. Sus cuadernos y colores todavía están adentro, pero nadie de los que salen con enceres o electrodomésticos le pregunta si ella quiere salvar algo.
Alguien siente pena y dice en voz alta: “Pobrecita; pobre gente”, pero no entiende que el mundo se ha hundido un poco. Que todas esas cosas bajo el agua, eran cosas que su madre jamás hubiera permitido que se mojaran. El agua ha borrado el piso que era firme y se ha encaramado a los asientos y las camas. Ni siquiera hay dónde poner a secar lo que sacan; el agua es un charco cada vez más grande.
Alguien siente lastima por los náufragos de tantos pueblos, pero después piensa que seguro también va a llover en el centro esta tarde. Y sucede entonces que ese alguien se cansa de los ríos sueltos en los valles, de las lluvias que olvidaron escampar y del cielo cementado. Levanta su mano poderosa y logra que toda la tragedia acabe con tan sólo escoger otro canal menos frío para su almuerzo.


Jacobo Reyes Godoy
Narrador y ensayista colombiano

viernes, 26 de noviembre de 2010

ANTES DEL OLVIDO/ Gabriel Arturo Castro


Gabriel Arturo Castro


Y sin embargo, Pao-Yu, que como los lotófagos se olvida de lo que ama, -país, mujer, vida- persigue, a veces ignorándolo, pero sin detenerse, el espejismo permanente del origen de su vida y su destino.
Comedores de lotos, bebedores de lágrimas, no perdimos nuestra memoria del pasado y del futuro. La inclinación a olvidarse, a convertirse en esa tubería de que hablaba T.E. Lawrence, a través de la cual transcurre tumultuosamente el flujo de la vida, es más poderosa en las épocas agitadas en especial cuando parecería que se ha logrado un comienzo de quietud. Contradictorios, egoístas, nos olvidamos a veces (...)

Así se refiere Pedro Gómez Valderrama, en su lúcido texto titulado Los lotófagos, a uno de los males más grandes que padece el hombre: el olvido, construido sobre la negación y el silenciamiento de voces, palabras, imágenes y acciones arraigadas, es decir,  de la exclusión de la memoria, su enterramiento, descuido,  abandono, inadvertencia o postergación.

Lo peor es que a través del olvido se han impuesto versiones particulares de la historia y de la experiencia, o lo que es lo mismo,  nos han definido un solo tipo de memoria domesticada, hegemónica, colonizada, parcial, adaptada a un régimen de verdad autoritario, el cual reposa al interior de las más tradicionales instituciones, llámense éstas capillas, grupos de presión, generaciones, iglesias, feudos o escuelas puristas, instituciones caracterizadas por su servidumbre a la formalidad del pasado, el reparto burocrático de privilegios y su hostilidad a cualquier innovación o cambio de pensamientos, concepciones y nociones precedentes.

Dichas órdenes construyen la subordinación, la amnesia, la reducción, las viejas premisas del oprobio a la libertad de las ideas. ¿Acaso la verdadera escritura no debe motivar la disidencia y la reinvención de la memoria histórica, el surgimiento de otra gramática de la evocación, de los orígenes, del pasado y del presente?

 Por ejemplo, al referirse a uno de estos grupos de poder, Ortega y Gasset llamó dimensión espacial a uno de los dos asuntos que implican el criterio de generación, escritores que nacen en un determinado lugar o asumen desde allí su labor creadora. Noción localista y poco universal de la literatura, tal como lo afirmó Eduardo Mateo Gambarte: “El concepto de generación es intrínsecamente perverso, porque cierra la literatura a las fronteras de lo nacional, de lo regional, de lo local”.

Tal concepto es de naturaleza sociológica y es sinónimo de “grupo instalado en el poder” y la periodización de la literatura y la denominación de tales grupos es una labor caprichosa e interesada. Generalmente se descuida la valoración estética de la obra, su trascendencia y calidad, para atender pormenores de época social, status, biografía o momento histórico. Nuestras denominadas de mil maneras “generaciones”, son casilleros, cónclaves, guetos fosilizados que adoptan miembros y adaptan nombres. Sólo los autores mediocres, sostiene Gambarte, permiten su encajonamiento en las características de dichos grupos y su posterior domesticación. 

Al respecto, Raimundo Lida, dando como ejemplo a la creación poética, expresa: “Las obras poéticas que pueden explicarse, sin dejar residuo, por su tiempo, su generación o escuela no son las obras mejores. Los poetas presos en las circunstancias de su época no son precisamente los grandes poetas, sino aquellos de quienes Lope dice que - andan en cuadrilla-“.

Lezama Lima afirmaba que lo fundamental era poseer una obra individual y al mismo tiempo coral. El trabajo en el todo  y en el uno debe ser igualmente eficaz, “pues entre nosotros, han existido grupos que no tuvieron figuras individuales esenciales y al contrario, figuras individuales muy importantes que no tuvieron nunca un ritmo coral”.

Al generalizar y simplificar se anula de paso cualquier particularidad valiosa o una posible lectura crítica que sobrepase los parámetros ideológicos, políticos, culturales o mercantiles, dados como distractores superficiales.

Olvidan que una generación es “una acto espiritual”, tal como la definiera Guillermo de Torre, o como la vislumbrara Ortega: “... una escasa minoría de corazones de vanguardia, de almas alerta que vislumbran a lo lejos zonas de piel intacta”, o “solitarios que cultivan el diálogo con fanatismo y creen en la intercomunicación de la substancia y en el canto conjunto”, desde la mirada de Lezama Lima, quien siempre consideró al grupo de la revista Orígenes como una familia colmada de aliento, principios vitales, trato frecuente, conversación inteligente, amistad creadora, punzante, misteriosa,  implacable, sutil, laberíntica, en cuya raíz estaba la tendencia a la universalidad de la cultura, el espíritu de la modernidad, lo imperioso de la expresión nueva, la búsqueda del paisaje propio y el levantamiento del mito de la insularidad.  

Ante los diálogos fragmentados, el malestar de las palabras en fuga, la contundencia de la muerte, la insolidaridad, “surge la imperiosa necesidad de una palabra reveladora, de una palabra que saque del letargo a los confinados por el olvido”, a los egoístas o negligentes que han perdido la sombra, la gratitud, el mínimo recuerdo del origen de su vida y de su destino.

Volver a la libertad recobrada, diría Gómez Valderrama, ya que la existencia de la escritura depende de ella. “Porque la libertad tiene la magia de que mantiene, y si es preciso, resucita en el espíritu el ímpetu de la defensa, de su precaria posesión de que para ella no existen ruinas, sino experiencia”.






miércoles, 3 de noviembre de 2010

POEMAS INÉDITOS DE DANIEL PADILLA


PARAÍSO

La serpiente cambió de piel:
fue relámpago
árbol
río de sangre.

La serpiente guardó tu corazón en su pecho
como una luna rota
tirada al trasto del olvido.

La serpiente mordió tu sombra
y desapareciste de la tierra como por ensalmo.

El eco agrietado de su prematura
fingida muerte
nos recuerda que todo amor
es un cráter violento y humeante.


ESPEJO DE MANO

Agarre un cuchillo afilado y corte la yema de su pulgar izquierdo a medio centímetro de profundidad. Luego, con ayuda de la otra mano abra la incisión, sumérjala en un platico lleno de alcohol y presione con fuerza contra el fondo, provocando que los extremos de la herida se abran un poco más, que su piel se desgarre y el tejido interno, poroso y palpitante, se impregne de la escandalosa abrasión en carne viva producida por el contacto con el líquido.

Acto seguido pinte dos puntos negros sobre el corte, simulando un par de ojos. Mire el tajo, abierto y rosáceo como una boca a punto de besar. Separe los labios. Deslice entre ellos de un lado para otro una hoja de papel, o pique justo en el centro con una aguja. Acérquese a esa nueva boca, introduzca la punta de la lengua en la ranura, recorra sus bordes. Succione con fuerza, sienta el gusto a sangre, hágase la idea de estar besando a una prostituta ebria o al fantasma de un niño degollado.

Al terminar lave con abundante agua y ate una venda alrededor de su rostro.


ZOOANTROPO

La estrella de la mañana desnuda su cara
cientos de soles negros tatúan con luto su piel
anuncian la muerte
imposible ignorar su furioso llamado.

Rugen las células en llamas
y el día se estremece salvajemente
cuando afuera de las ciudades
aúllan bestias atormentadas por el hambre y la sed.



PANGEA

Bajo la estela de un astro que atraviesa sin aviso el cielo de Pangea una niña se detiene frente a una estrecha caverna. Primero entra ella, a gatas, arrastrando el cabello lacio y largo que deja tras de sí finos cauces en el piso. Luego su madre, su padre y su hermana y después una pareja de ancianos. Sorteados uno o dos metros de rodillas el pequeño túnel se abre en un vasto salón donde caben todos de pie. El viejo le ofrece a la niña un largo sorbo de un licor rojizo y tibio endulzado con miel que guarda en un lustroso odre, y tras una breve invocación lo comparte con el resto. Están hambrientos y cansados. Vienen de lejos a venerar la torva imagen de una cabra que los observa desde una de las paredes. Una víctima de cuernos pequeños y pelaje feroz cuelga bocabajo, sumergida hasta la mitad en una gran olla de barro curada con cal y llena con el zumo de hierbas amargas. Se retuerce inútilmente mientras una soga gruesa y pegajosa lastima sus patas, hasta que por fin deja de moverse.

El volcán que sobresale no muy lejos en la planicie dispara hacia todas las direcciones escupitajos que iluminan el horizonte como un cerco de antorchas. Grandes paneles de granito yacen esparcidos, chorreando lava pura, cada uno como un santuario de roca viva dedicado al fuego. La mujer y la niña reptan hacia el exterior tras una brusca señal del hombre, que luego de arrancar el licor de las manos del brujo se apresura a su vez a salir. Humo de mineral quemado lastima sus ojos. Adentro los ancianos maldicen al unísono, en un dialecto procaz. Un tapiz de ceniza cubre el cielo calcinado.

El firmamento es una temblorosa mortaja de azufre que envuelve la tierra. Desde el interior las maldiciones alcanzan la cadencia de un canto fúnebre, al tiempo que la caverna colapsa, sucumbiendo todo bajo una bóveda de cuarzo. Los fugitivos son alcanzados por incontables proyectiles de piedra carbonizada, templada en el corazón del mundo. 

La niña se levanta emitiendo un gemido ronco, camina con los brazos abiertos y se detiene en la orilla de un inmenso cráter. Incrustada en medio de sus pechos, una gema del tamaño de un puño cerrado despide un haz de luz que descuartiza el cuerpo erosionado de Pangea, e ilumina el curso de las grietas por las que, con saltos ligeros y elegantes, ella se adentra sin prisa en un blanco crepúsculo.    

XIII.
¿De la mano de qué mendicante hemos llegado hasta esta montaña de vacío? ¿Qué oscura semilla de insomnio nos obligó a tapiar todos los abismos? Estelas de luz guiarán la ruina al lugar donde ahora el más estúpido del pueblo se interroga con violencia:         — ¿Habrá en el horizonte un corazón que incline su pecho para mirar la boca abierta de la noche? — ¿Serán voraces las estrellas que afilan la punta de sus colmillos en los ojos de los ciegos?

Despertamos a la mitad del sueño de un sol febril, sobre la húmeda llanura del delirio. Invadimos el silencio. Una horda de niños dementes borró con cal el sendero del nómada. Hombre, la llama en la noche, la piedra en la tierra era tu condición. 

XXIII.
Tras miles de años de letargo podremos ver en el cuenco de tu mano
la superficie del Mar de la Tranquilidad.

Con el tiempo finalmente será posible aprender el sagrado arte de morir
luego de penar con los ojos llenos de veneno
y transitar despiertos los cauces de la suerte sin negar el dominio de la noche.

Un trono se quema en el poniente:
Hacia ese lugar nos dirigimos
con los huesos calcinados por la pesadilla de la luz.

Nunca será más dichosa la ruta que alumbre nuestro paso
la mirada como un tapiz de flores blancas para cernir todas las cenizas del sol
y contemplar sin agonía la música de tu fuego azul.

APÓCRIFOS

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el corazón humano.
William Blake

I.
Antes del primer día hubo tres torbellinos:
Uno separó las cosas sin nombre
otro infundió su aliento a lo perecedero
el último edificó los límites de lo increado.

Luego
una hoguera fue encendida para despertar el verbo.

La calma se convirtió en un carnaval de sombras
que juraron sumisión a la mujer de la montaña
sus voces resonaron en las llamas hasta moldear el mundo
donde los charcos fueron puertas
cascarones de realidad
testigos de la confusión.

De estos emergió Elom
El Triple
El Tuerto
El Bocabajo
El Anónimo Perfecto en ascensión constante
para solazarse con la lengua de Ghora
El Eterno Encapuchado.

Ambos fueron proclamados reyes
por los pájaros y la lluvia.
Ambos ahogaron a la mujer de la montaña
con escupitajos de luz.

II.
El primer día se sentaron en un trono de plumas
a estudiar las escrituras y los astros
y todas las cosas que no existían
mientras el mundo levitaba entre agujeros de fe.

Ellos dijeron al unísono:

                                       Sea la materia un juramento de muerte
                                       Sea el tiempo una sala de espera
                                       Sea la vida el holocausto de las células
                                       Sea la carne una herida abierta
                                       Sean las plegarias escarabajos de cara al cielo
                                       Sea la mente un muladar de oro
                                       Sea el alma una esperanza envenenada.
Esto pronunciaron pero las aves no inclinaron la cabeza
sino que extendieron sus alas sobre los nueve puntos cardinales.

Presagios afilados salieron de las fosas para invadir el sueño de los profetas.

III.
Mil generaciones han atravesado los desiertos
de la ira y la costumbre.
Ghora está en el lado izquierdo de su trono
hablando del mundo sin conocerlo.
Elom a su derecha escucha pero no entiende
ocupado en purificar los delirios de su hermano
con el humo del paraíso encerrado en un espejo.

Ha nacido un niño
de cartílago y ceniza
mago de sombrero alado
animal de cuernos invertidos 
se pasea por el mundo cargando la cifra que propició la danza
del fuego y los huracanes y las alimañas
escondidas bajo las piedras del sacrificio
en el interior de los templos
en la piel de los ofidios.
                           
Este Heredero hace milagros en la misma lengua de su padre
sus palabras brillan como trompetas de sangre
recorren las aldeas esparciendo la magia de los puercos
incineran  el esplendor de las ballenas…

IV.  
Heredero:
príncipe sin ojos que reclamas el descenso.

Para recordar la sombra de la mujer de la montaña
deberás exponer el torso a la lujuria del viento
a las garras de la sangre
al cristal del amanecer.

Tres niños yacen tendidos en el lodo:
son frutos a punto de latir.

Un peregrino se redime noche a noche
con zumo de retinas fermentadas. 

V.

Al tercer día el Hombre y el Heredero se postraron ante los viejos reyes.
Éstos les ordenaron morir aplastados por el prisma de la Ley.

Cuando cayó el sol Kúbat acarició la limpia frente de Adam y cuidó su sueño
y vio que éste era bueno.

Desde la punta de un árbol de godra siguen naciendo tres torbellinos
que serán los pilares del presente
la voz de la Mujer
y la tentación de los soberanos.
De sus hojas secas surgirá una hoguera
para convocar nuevamente el bullicio de la creación.


DANIEL PADILLA SERRATO: Psicólogo egresado de la Universidad Surcolombiana (2004). Escritor y lector.

(Foto de Julio César Correa)




martes, 26 de octubre de 2010

UNA ESCRITURA LATINOAMERICANA DE LA MUERTE


Por Gabriel Arturo Castro


La presencia de la muerte - sus figuras y sus imágenes - es una característica persistente de la literatura latinoamericana, acompañada de sus hermanas de parto: la violencia, el despojo, el hambre, la huida, los fantasmas que habitan un mito de destrucción que se renueva a cada instante. Bien lo dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad: "Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas". Frente a la muerte esta parte del continente encuentra un extraño término, el apocalipsis, que sirve de estribillo a nuestras letras. Juan Rulfo ejemplariza esta dimensión donde se revela un jirón del destino humano, sus arcanos, sus misterios. Aquí la desesperanza, lo triste, lo fatídico con todas sus perspectivas, acuden a la narrativa, la soledad asiste a un mundo desvertebrado y caótico y con ella las múltiples formas de la muerte: la orfandad, los miserables, los que roban y matan, la venganza, el homicidio, la agonía. Sobre Pedro Páramo vendrán las imágenes de la injusticia, un pueblo está sometido por el verano y el poder del cacique, que viola y asesina. Pero no es la única presencia de la muerte, ya que ella conduce también al recuerdo nostálgico, a la evocación de los afectos en un tiempo de consecuencias trágicas: los personajes sufren de remordimientos y herencias desoladoras. El sueño congela el tiempo, lo predice funestamente de mano de la soledad.


No es extraño que los destinos de los personajes estén envueltos de fatalidad y de culpa. Siempre la realidad cotidiana ofrece señales de muerte, parte del fracaso, de la frustración del hombre, en duelo permanente con el otro, en huidas o persecuciones infinitas. La muerte resultante es vista como natural, usanza, costumbre, trajín diario, elementos que son asideros de una imagen, arraigamiento de la narrativa rulfiana.


Las primeras obras de Gabriel García Márquez, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y La hojarasca, plasman un mundo en decadencia que espera con resignación la muerte, simbólica y real. Primero a través de sensaciones y luego por medio de concreciones. La hojarasca surge sobre la visión de "un viejo que lleva a su nieto a un entierro". El significado de la lluvia es la ruina, el embate del tiempo que cae sobre el pueblo, inunda sus casas, erosiona sus tierras, mata su gente y ganado. Es el limbo, la monotonía, el laberinto, tiempo cíclico que vuelve al principio en un eterno girar. La muerte lo contagia todo de soledad y desolación. Hay muertes violentas y casuales, odios gratuitos, juegos con la muerte como en El ahogado más hermoso del mundo, donde la aldea se transforma, las casas se agrandan y se organizan unos funerales magníficos. En cambio, en La mala hora encontramos la bajeza de la violencia de origen político y luego en Cien años de soledad las muertes justas e injustas, crueles y naturales, suicidios, fusilamientos, masacres, guerras civiles y los caminos andados por los muertos en vida. Si en Pedro Páramo es el calor la fuerza que moldea, en la obra de García Márquez es la lluvia la que trae la funesta noticia.


Desde otra orilla, César Vallejo inaugura la tensión de lo imprevisible: Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor, cuando me duele el sueño grabado en un puñal.


Siente por lo tanto todo el dolor humano dentro de su propio ser y se constituye a la vez en la tristeza de todos los hombres. La existencia la concibe desde su límite final, desde la muerte. Esta conciencia de mortalidad lo lleva a identificarse con los demás. Sí, se muere por los demás desde una actitud de ética cristiana, de purificación, de sacrificio que implica la aflicción y el trabajo. Le agitan el drama, la pobreza, el desamparo y los convulsionados sueños dePoemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Vallejo es nostálgico, posee el cariño de la evocación subjetiva, pero es la añoranza, la tristeza por el exilio, por la ausencia: "Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporase lentamente, abrazó al primer hombre, echóse a andar".


La vida y escritura de Horacio Quiroga tuvieron un signo trágico entre diversos homicidios, suicidios y fracasos: suicidio del paralítico padrastro, suicidio de su primera mujer, suicidio del propio Quiroga al saberse incurable y homicidio involuntario de un amigo, entre otros hechos. Las palabras del uruguayo caen sobre las páginas como un halo terrible de claroscuro, una trilogía de fuentes que se entrecruzan a tiempo: el afecto de otros, una afición por el delirio y la destrucción de la vida, constantes seguras del escritor. Todo evento narrado siempre culmina en la muerte, la muerte le duele en carne viva, angustia del creador, verificación del sentido íntimo y profundo de su soledad. Hallamos ante esta pasión el sentido humano de su obra, su momento y sentimiento dramático: el hombre es un ser de sangre y de tensión al extremo, pasión que podemos encontrar en su libro Cuentos de amor, locura y de muerte.


Enlaza esta obra con La vorágine, de Rivera, eco del caos, resonancia y dibujo de un continente con entrañas de crueldad, de un mundo convulsionado por la violencia, la hazaña y el riesgo. El testimonio de Rivera da cuenta de la injusticia social y de una atmósfera de muerte, dolor y angustia, el verde agresivo del cauchero que aniquiló al indígena.


Estos restos en la historia también los podemos encontrar en Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz que es la narración de un moribundo o en la meditación borgesiana sobre la muerte y el renacimiento en Cumpleaños.


De manera semejante Augusto Roa Bastos, en Hijo de hombre y El trueno entre las hojas, devela a la muerte como el principal eje temático, la muerte tras la opresión en el Paraguay o la muerte compleja que evoluciona en su elemento mítico: regreso al origen, evolución, cambio de estado.


Ernesto Sábato piensa que el sacrificio de la muerte sería inútil, porque el nuevo orden tras la guerra sería ocupado por cínicos y negociantes. Pero ese exclusivo acto rescataría a la humanidad de la podredumbre, según nos cuenta en Abaddón, el exterminador. La muerte igual es el fin de la magia que paraliza el tiempo y rompe el hechizo.


Por su parte Oscar Hahn mira a la muerte vertida como un fantasma, evidente, inevitable, rodeada de ambientes familiares. En Arte de morir lo fantástico crea lo anormal a través de los diálogos irónicos y la construcción de conceptos. Así la imagen de la muerte llega al reino de lo cotidiano.


Para Xavier Villaurrutia el tema de la muerte está asociado al de la noche y el sueño, obsesión, experiencia vivida, destierro, amargura y horror frente a la existencia, lo que para Borges era una experiencia intelectual, ocasión de reflexiones eruditas y sentencias clásicas. Es la distancia que hay entre Nostalgia de la muerte del poeta mexicano e Historia de la eternidad del autor argentino, y su juicio de lo interminable en el presente literario. Visión opuesta, por ejemplo, a la noción fugaz y temporal de la vida de José Gorostiza en Una muerte sin fin, pensamiento análogo al de Jorge Gaitán Durán, quien asumía la palabra plena ante la inminencia de la muerte, la muerte profética, intuida tras el paso del tiempo, sus secuelas de infierno y tormento. Gaitán Durán toma la muerte mediante el erotismo, su memoria, destrucción y desgarramiento, el sentido de fatalidad y de la historia.


Y el erotismo, junto a la poesía social de alta lírica, también visita la poesía de Juan Manuel Roca, confluencia de la imagen sustancial de Juan Rulfo y la profunda experiencia vital de César Vallejo. Luna de ciegos, Tríptico de Comala o Tertulia de ausentes, anuncian los rastros de la muerte, sus ironías y sarcasmos. La palabra humaniza el oscuro espacio de un país, otra vez Comala como una patria cercana, los seres de la noche, las cosas prohibidas, lo siniestro rondando: "¿Y no se cansa este sol de brillar sobre los muertos?". "¡Y si la muerte fuera un cartero repartiendo su negra tarjeta de visita en cada casa!"; o el Monólogo de Guadalupe Posada que dice en su inicio:


El mundo cabe en las cuencas de una calavera.
La que portaba Hamlet como lámpara votiva
Quizá sea una testa de segunda,

Comprada en el ser o no ser del cementerio.

¡Y pensar que somos –dicen las calaveras-
nada más que un futuro ya cumplido!
Es tiempo, despojados de su cuerpo,
De sonar sus guitarrones,
Sus trompetas resurrectas.
Ahora que habito un reino de ceniza
Recuerdo que trabajé a un ritmo
Más endemoniado que la muerte.
Hijo de panadero, amasé la greda
En cada grabado y fue como gritar:
¡Vivan los muertos, gavilla de Lázaros
Regresados de sus tumbas!
Siempre sube que la muerte estaba
Más viva que nosotros, que podía
Ataviarse de Quijote y lancear hombres secos.

domingo, 3 de octubre de 2010

EL QUIJOTE DE ACERO para ALIRIO QUIMBAYO



FUGACIDAD


Basta un parpadeo para que el rayo
ya no ascienda al cielo
como escalera.
A veces bastauna pregunta
para fulminar cualquier argumento.
No es suficiente un abrazo
para sentir que nos amamos
los unos a los otros.
Una mirada nos basta.
Así como una explosión de llanto nos basta
para saberque la Tierra ha dado a luz
otro hombre de barro.




EL ROPAJE DE LAS PALABRAS

El agua habla sin cesar y nunca se repite.
Octavio Paz

Las palabras
son ideas vestidas de sonidos.
Se cansan de habitar entre los árboles
y se lanzan al abismo
como frutos que alcanzaron ya su madurez.
La piel de las palabras es canto
y su pulpa jugoso cuento.
Los niños las comen como frases
cuando los abuelos pelan sus relatos.
Así, las palabras semillas
germinan en los no espacios
y aguzan sus siete sentidos
para sobrevivir en la jungla
del silencio.
Se repiten para derrotar el olvido.
Las palabras son ideas
vestidas de sonidos.


EL HAMBRE

A Paulo Freire y Ángel Rama
devorando las calles de América Latina.


El hambre es una vieja nigromante
de la ciudad invisible.
Sus manos husmean entre las escrituras
el destino de los miserables
no invitados al banquete de las hienas.
El hambre, a veces, se disfraza de tigre
y sus rugidos devoran cebras.
Otras veces se viste de sequía
y sus fauces consumen el paisaje.
Ojo de águila es el hambre
que desciende sobre las favelas.
Sus garras destrozan ilusiones
y sus graznidos pueblan de grafitis
los muros de la ciudad letrada.
El hambre es la nigromante,
anuncia en la ciudad invisible
quién será el próximo fantasma.


EL SACERDOTE DESCIENDE
POR LOS CÍRCULOS DE LA CEBOLLA


Te despiertas sobresaltado por las profecías mayas.
Tu corazón es el cosmos latiendo
como un pulsar en las garras del jaguar.
En tus ojos la escala de Jacob sube como el rayo.
Hablas el lenguaje de las lagartijas
y trazas petroglifos. Tus demonios urbanos
como murciélagos cautivos revolotean arriba
y en los círculos de la cebolla rebanada por Dios
reconoces los pasos invisibles de Dante.
Has alimentado el fuego de tu propia pira
y te consume la culpa de haber amado
más allá del bien y el mal.
Nadie te condena. Nadie te absuelve.
Sólo tu voz te llama.



RESIDENCIA EN LA OTRA ORILLA


Construiste tu residencia en la otra orilla
de la página. Piedra sobre piedra fundaste la idea.
Levantaste las paredes como un canto general
y en la chimenea quemaste, al fin, tu exilio.
Con fragmentos de historias erigiste las columnas de fuego;
pusiste por cielo imágenes olvidadas de los ghettos
y encerraste en los laberintos de las horas
tus monstruos recién engendrados.
Con las palabras no pronunciadas
has edificado tu refugio.
Habitas en la otra orilla.


LA LENGUA DEL CAMALEÓN

Loscamaleones eligen sus colores
para las ciudades que sus ojos
asimétricos diseñan.
Su larga lengua atrapa discursos moscas
que engullen con hostias;
por eso su palabra es sagrada.
Los camaleones nunca pierden su tiempo,
siempre están inventando bosques
sin árboles. Los camaleones son piedras,
hojas secas, mariposas vitrales,
ramas podridas, palabra lodo.
Trazan caminos sobre arena movediza
donde germinan los discursos moscas.


NOTA SOBRE EL AUTOR

El pasado, miércoles 8 de septiembre de 2010 durante el desarrollo del V Encuentro Nacional de Universidades que organiza la Universidad Tecnológica de Pereira, John Jairo Carvajal, fundador y director de la revista Polifonía hizo entrega de la estatuilla y el premio al ganador del Concurso Nacional de Poesía Universitaria “ El Quijote de Acero”, en su tercera versión, al escritor tolimense Alirio Quimbayo Durán quien participó con una selección de su producción poética titulada: “Residencia en la otra orilla”. El jurado estuvo conformado por el escritor Fernando Cruz Kronfly, el poeta y ensayista Gabriel Arturo Castro y el investigador y crítico literario Carlos Alberto Castrillón.

Alirio Quimbayo Durán nació el 2 de diciembre de 1957 en Girardot (Cundinamarca). Maestro egresado de la Normal Departamental “María Auxiliadora” de Girardot (1976).Licenciado en Español e Inglés de la Universidad del Tolima (1985). Especialista en la Enseñanza de la Literatura (1998) de la Universidad del Quindío en convenio con la Universidad de Ibagué. En la actualidad realiza estudios de Maestría en Literatura en la Universidad Tecnológica de Pereira. Sus raíces ancestrales lo han convocado a fijar como su lugar de residencia la Capital Musical de Colombia, Ibagué; donde se desempeña como docente de Lengua Castellana, Literatura e Inglés en el Conservatorio de Ibagué, Institución Educativa Musical “Amina Melendro de Pulecio”.