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sábado, 14 de marzo de 2009

CONSUMACIONES, DE JULIO CÉSAR ARCINIEGAS MOSCOSO



Por Hernando Guerra Tovar

Acceder a la poética de Julio César Arciniegas Moscoso (Rovira, Tolima, 1951), no es tarea fácil. Desde “Números hay sobre los templos” (2003) y “Abreviatura del Árbol” (Premio Nacional Casa de Poesía Porfirio Barba Jacob, 2007), el autor ha logrado entretejer un lenguaje del tal virtud, que hace de su obra una de las más interesantes de los últimos años en Colombia, en tanto la calidad de sus imágenes, la hondura, la reflexión, y esa clave, ese misterio, el intrincado manejo de los recursos estilísticos, en donde se percibe un paciente trabajo de decantación, de búsqueda interior, que “obliga” al lector a una mirada atenta, con el consiguiente goce y plenitud espiritual, elementos que vindican el quehacer literario en un momento en que tantos “poetas” se pierden en el facilismo, la epidermis o la vana ostentación erudita, para no hablar de quienes confunden el ejercicio poético con el lugar de la bufonesca.



El lector honesto y comprometido, siente un renovado placer en allanar el complicado tejido de esta palabra cercana al surrealismo, caer en su precipicio de certezas, vislumbrar las raíces que pueblan de destellos y milagros la más profunda oscuridad de su silencio, independiente del resultado pragmático, es decir, sin importar que al final no se logre desentrañar el sentido o propósito de la palabra contenida en “Consumaciones”(Colección Escala de Jacob, Universidad del Valle,2008), porque de ese recorrido solitario por los predios de la grandeza de sus imágenes, de sus metáforas, surge una alegría y felicidad tan altas, que comprometen al ser integral del lector en una suerte de experiencia mágica, de realización interior, de placer profundo. La palabra poética, antes de comunicación, comporta disfrute, deleite, exaltación de los sentidos, experiencia vital. De este hallazgo, habla el poeta Arciniegas Moscoso en su poema “Hendiduras:


Encuentro la luz revelada entre las hendiduras,
bellamente construida como llave o un feudo de sol.



De las premisas en las que el poeta nos advierte que “la flor es el descuido de una ley” y que “el árbol es toda la herida del mundo finalizada la adivinación del aire”, contenidas en las dos obras anteriores, se llega a “Consumaciones”, en donde el autor nos revela esta hermosa y a la vez dolorosa imagen: “Mientras la tarde se toma el cuerpo de mi padre, / él penetra a un universo esquivo, / como un viejo ángel que no sabe de su materia”, para significar la continuidad en la temática y el tono, un camino que recorre lentamente a través de la poesía de valía ascendente, y que llega a un nivel en donde el padre, “que no conoció otro saber que la certeza de las raíces” (…) es motivo a la vez de abrazo en lo telúrico, restitución de y a la materia ignorada, y consumación de un sueño en que valoración y evocación se unen en la nostalgia de la partida:

Su despedida sucedió a mitad de los caminos,
aquellos que varían entre dos hileras de árboles,
junto a la intemperie, a la cavidad del hueso,
al cuerpo avasallado, y a la amnesia
como un agua maldita.

En este libro, el poeta como sacerdote, asume una realidad dual. Los dioses lo han dotado de unas condiciones especiales que le permiten realizar su propósito de guía espiritual de los pueblos, en el mejor sentido de Höelderlin, Blake, Nerval o Tagore, reduciendo el riesgo de la caída en su andar, en la inmersión por las profundidades del ser del hombre y de las cosas, en su trasegar por la aridez del sueño humano, del desvarío, de la noche profunda que es abismo, o del ascender a cimas no reveladas, ignotas, en donde habita el fantasma de la ilusión, de la utopía arropada de fuego: “Le pusieron alas ligeras, / dos espacios abstractos, ojos abisales, / una forma de fresco abismo, / lo vistieron de abatimiento, de vientre oscuro, / de acento, de glacial y de sombra”. (…) Y, es ésta posibilidad –Arciniegas la disfruta, además, en su doble sentir de poeta y trabajador de la tierra- , la que le permite ahondar en el contenido de la historia, del rumor que deja el paso del hombre o de la bestia, con sus construcciones de templos cimentados en el horror, del silencio, de la oración que convoca los elementales de “la cal, el agua y la escoria triturada” como argamasa que fija el derrotero del hombre hacia el “embargo” de la muerte, “porque la muerte y la semilla de la flor / siempre van juntas, / desde que las hadas danzaban alrededor / de las viejas piedras, del primer mundo, el del elíxir de las fuerzas de Dios, / de la labranza, cuando los árboles tenían lengua / y contaban cosas sencillas”.



Acaso el hombre, predador multiforme, no logre detener ni detenerse en la “geografía” de su sueño avasallante, de la guerra por la guerra, y como la polilla, continúe “en la mudanza del universo y la compulsión de las tiranías”. Una palabra solidaria en la lucidez de la caída, del fragor terco, inevitable, de la miseria que conmina al desastre, al alimento de la escoria, al despojo ineludible, de las migajas arrebatadas con mano firme y alma temblorosa, surge entonces como paliativo en este devenir de espanto. El poeta sabe, y así se lo dice al lector como una posibilidad de siembra, al formular la pregunta que lleva implícita la respuesta cálida de esperanza, de cosecha, tal vez de sosiego, luego de reconocer la filiación de la tragedia en el horror de la barbarie, que sólo la poesía nos puede salvar de la consumación de la condena: “¿Sin la palabra dónde viviríamos? / ¿En las landas salvajes de los infortunados, / los perseguidos y los proscritos? / ¿En los anfiteatros donde toda rebelión es sorda? Y puntualiza con otra pregunta-afirmación todavía más elocuente, quizás más acertada que la bala que busca el blanco entre la profunda oscuridad del fuego: ¿Qué es el guerrero sino una conjunción del verbo?



Apéndices, profecías, lengua de los átomos, consumaciones. Palabras que advierten la hecatombe, palabras dirigidas a quienes fungen y detentan el más sórdido poder: el de “las monedas hijas del saqueo”, el “del borde de la revelación del agua”, el de “la soledad apostada de los genocidios”; con el deterioro acelerado de los ocasos, de la contaminación del sueño, y toda desgracia de patologías de la mal llamada modernidad del ahora, del aquí, del albañal y la cloaca:

Quién sino la guerra se detiene a ver
el viento de estas tierras que lo dan todo.
Uno jamás dimensiona las cargas que dan
caminos de sangre.

Oscuro habitante de la tierra “con la flor del sol sobre el cuello”, Arciniegas sabe de su doble propósito, de su doble condición de Poeta y Arte-sano del surco, de la siembra, de la cosecha del signo como fruto. “Ella, la tierra, lo sustrae del escándalo de la sed, padeciendo el milagro de la esperanza y no el riesgo de la renuncia”. Entonces el signo, el acento, el invierno, la alzada, la sed, la montaña, el aroma y la aldea, se conjugan en la posibilidad del asombro, en la parcela infinita de las visiones, en el compromiso ineludible con el hombre: “algo fundado entre dos orillas permanece” y es que entre el monótono zumbido de dos moscas que oscilan de derecha a izquierda sobre el eje de un centro siempre evasivo, descreído del paraíso contaminado por los instintos de la sangre, del “riguroso infierno”, en la algarabía de las religiones y sus dogmas, de las leyes del cambio esputando miseria y bala, en la “tortura flagelante” de fieles y paganos, de civiles alelados, Arciniegas es consciente de su lealtad a la palabra poética, rara fidelidad aun la certeza de un cielo negado, de las puertas cerradas, de las mentiras del tiempo, de los fundamentalismos, de las lecturas ajadas, del símbolo y el signo de ideologías venidas a menos, de las confesiones en la fría noche de los desvelos del espíritu, para establecer la dura o feliz confirmación de su estado incólume: “Sólo pudieron salvarme los iluminadores incendios de mis consumaciones”.

Si “lo bello es gozo para siempre” (John Keats), Julio César Arciniegas Moscoso canta desde ya a la posteridad intacta, en la belleza de su amada, de su poética y de su aldea; las tres fundidas en el hechizo del poema:

No estoy seguro si la belleza se escribe
pero a través de mis letras se cumplen tus formas,
los humos de tu voz, la gracia de tu acento,
el extraño equilibrio de tus pies desnudos.
Hernando Guerra. Armero- Guayabal, Colombia, 1954. Poeta y ensayista. Abogado especializado en Derecho procesal. Dirigió por varios años una organización de trabajadores del sector financiero. Autor de los poemarios: Pájaro azul,1994; La noche del ärbol,1998; Ciega luz, 2004 y Sombra embestida, 2007. Hace parte de la Colección Internacional Los Conjurados de Común Presencia Editores; de la Muestra Siglo XXI de Poesía en Español, de la Antología Arquetípica de Poesía en Español y del Análisis Arquetípico de Poesía en Español de la Asociación Prometeo de Poesía, Madrid. Colaborador de la Revista La Pájara Pinta de España.

domingo, 8 de marzo de 2009

LA PIEL DE LOS TECLADOS/ Nana Rodríguez




La plaza es un escenario de la ilusión
para un cuadro de Chirico
con el paseo de las sombras que crecen
hasta tocar las escalinatas de la catedral
inmensa de soledad y piedra.

Una lluvia de hojas doradas
ha caído sobre mis hombros
¿será el advenimiento del otoño
o los dioses que nos quieren brindar
una prueba de la levedad en nuestras vidas?

El sol declina su luz sobre las baldosas
empiezo a desandar los pasos de este día
y desde el silencio de los balcones
pido a las estrellas
proteger esta ciudad con murallas invisibles
mientras mis ojos duerman.


*

En el piso más alto de los días
he abandonado la costumbre
de acariciar las calles y la gente
de salir con la bufanda a cuadros
para arrebatarle al atardecer
esa tenacidad de los inviernos.

La memoria es una anciana
con su bolsa de imágenes:
la prisa con la que se pierden los rostros
el desgaste de los ojos
los pájaros quemados por la luz refractaria
de los parques de cristal.

La ciudad es una puerta de doble filo
entras o sales a merced de tus pasos
la recorres como a un bosque
sin poder encontrarte en aquel bosque.





*
Los habitantes del destierro se refugian en la ciudad
como si fuera una madre que abastece los deseos
simulan israelitas que en tiempos bíblicos
creyeran en una tierra prometida.

Deambulan con su retazo de hogar que ya no existe
la guerra ciega los ha enviado a trasegar por la incertidumbre
del asfalto y del ruido como gitanos sin carreta y sin destino.

Las mujeres disminuidas sobre aceras, con sus hijos en el regazo
pregonan su condición de miedo y desalojo
invocan a un dios que quizá haya perdido los oídos.

Monedas que tintinean en sus manos proveen el pan
sus ojos alucinan tras el humo de la ciudad:
loros y garzas, palmas y esteros
lluvia limpia y generosa, no esta lluvia de ciudad
hecha de amargura que se convierte en frío y lodo.




*
Con la cabeza entre las manos
me hundo en la oscuridad
echo las redes para buscar imposibles
en el reino del secreto.
Mi cuerpo se empapa de corrientes
al atravesar el umbral
lleno mi alacena con especias y granos de ámbar
ofrenda para el ojo y el oído ávidos del milagro.
Mis dedos oprimen los párpados ciegos
iluminados por revelaciones
pluma de ángel o grito de tiniebla
acertijos encadenados por un suspiro
durazno de la luna que palpita
en la noche de los conjurados.




*
El gato duerme y se cierra sobre sí mismo
el tiempo no existe para su sueño de veinte horas
mientras mi alma lo observa en la vigilia de las tardes.
Me detengo ante sus ojos que no parpadean
y pienso si el misterio está en esa quietud verde
en la perfecta simetría de su movimiento,
quizá deambulas por palacios del antiguo Egipto
o pisas como una bailarina las huellas del abismo...
¿Acaso sabes de la noche de los despojos
o las hogueras de la Inquisición
cuando los cuerpos eran brasas que se extinguían bajo el cielo?
¿Qué sabes de mí, cuando me rozas en silencio
y te arqueas como una sinfonía de piel bajo mis manos?



*
El sonar de gotas sobre los cristales
es una caja de resonancia
que despierta las palabras,
como un imán se adhieren a la luz
y giran como hélices del deseo
en tierras baldías por el amor.
El aguacero desgrana su arsenal de sueños
un caudal de luna se desborda sobre el cobertizo
mientras mis manos parpadean ante las páginas
en búsqueda de músicas y sustancias intangibles.
No basta el canto de las sirenas
para que la nave ancle en aguas profundas
mi devoción está más allá
de los signos y las voces
los instantes se encadenan sin dilación
alrededor de la poesía.
Afuera llueve.


*
Apuntar a un firmamento
mientras un pájaro regurgita las horas
al filo del amanecer.
Tengo todas las armas entre mis dedos
y este dispositivo que dispara signos
de izquierda a derecha
palabras que quieren significar
a riesgo de un tiro de culata.
Apuntar hacia el centro del corazón
sembrar girasoles
en su carnosidad esquiva
la pluma es una granada que florece
la espada: un filo que provoca.


*
Un paisaje de dunas es el tiempo
las arenas de hoy no guardan la semejanza
con el ayer, que reunidas suelen ser el conjunto
de todos los instantes.
La fina arena entra en mis ojos, esa persistencia del deseo y la mente
no deja ver la pequeña rama que florece en el café de una tarde
cuando las voces adquieren el tono de la confesión
ante la inmanencia secreta del porvenir.
El reino del encuentro yace en la onda que se dibuja
sobre las crestas de los médanos tocados por el sol
el goce es su único imperativo antes de la devastación del viento
antes de las certezas que anteceden la muerte..
entonces,
¿qué sentido tiene desperdiciar la sangre en faenas inútiles
en acumulación de bisutería y abrazos al vacío?



*
Inaugurar el día con una oración y dar gracias
por el canto de los pájaros, visibles en mi oído
abrir la persiana y ver que las plantas vibran
sin alterarse por las hojas que han perdido
saber que en el lugar más apartado de la conciencia
miles de soles respiran al unísono
como partículas del universo impredecible..
Repetir las ceremonias del rostro ante el espejo
con sus letanías de evidencia y realidad
hacer el lavatorio gentil de los sentidos
otros fueron los hábitos de ayer, otras las miradas
el cuerpo cubre su verdad con otros cuerpos.
El día pasa y con él las marcas en el agua.


*
Es el momento de la emigración
los campos antes preñados de lilas
se han convertido en estepas
donde sólo florecen lobos afilados.
Iré a tierras más benévolas
me uniré a la estampida de las gacelas
y haré de la perseverancia un escudo
para alcanzar los abrevaderos
que alguna vez me prometieron.
No habrá tregua, cerraré los ojos y los oídos
a la asonada, las piedras no alcanzarán mis frutos
haré del silencio la mayor fortaleza
y oficiarán de centinelas los versos
que noche a noche mastico sin pudor.
Es el tiempo de los refugiados.




Selección de poemas del libro inédito “La piel de los teclados”, de Nana Rodríguez Romero, Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía, 2008