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jueves, 20 de diciembre de 2007

LEVE APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE ÁLVARO MARÍN





Por: Gabriel Arturo Castro

Álvaro Marín se confiesa deudor de de César Vallejo, Miguel Hernández, José Lezama Lima y Luis Cardoza y Aragón, una poesía que parte de la humedad terrígena, sigue por la dura corteza de las palabras y se sienta en los escudos de piedra de los guerreros conocidos y desconocidos, pasados y futuros. Suma de voces aparenciales, es decir imágenes, extrañas voces, más las figuras de la realidad cruda que se enuncia desde el pliegue teñido de misterio, de sobrenaturaleza.
La poesía de Marín es, en términos lezamianos, “el reto sagrado de la realidad absoluta”, compleja y difícil, agregaríamos nosotros, la cual por ese motivo nos conmueve, fascina y nos invita a dialogar al interior de un rito, de una ceremonia.
Desde la palabra invita a un festejo en una atmósfera colmada de tensión, donde el destierro y la prisión hacen parte de la fábula. “Mi antigua voz quebrada por la pólvora”, así denomina el poeta su escritura. Se trata de su “silencio de abismo”, una aventura espiritual que sólo utiliza el signo justo y preciso, la voz que explora las posibilidades escondidas en los elementos visuales y dramáticos de la realidad. Busca la raíz, la otra mitad invisible de los hechos y la expresa con una poderosa sugestión. A la vez que hay una intensificación afectiva en el decir, en cada poema nos presenta un crecimiento semántico, gracias a la fuerza emotiva y metafórica del lenguaje.
La concatenación de afectos y ánimos se presentan en las imágenes de alta jerarquía expresiva, lugar donde predomina la gravidez del sentido, siempre en la búsqueda de la mayor carga significativa.
Solamente así podemos aprehender de manera legítima una poesía sensible y lúcida, a la cual arribamos por fe, pasión y entusiasmo y la aceptamos en un alegre ejercicio de lectura que nos robustece.
Emoción, percepción, lenguaje, paisaje, misterio, enigma, todo ello tocado por los significados derivados de la historia y su movimiento, que es a la vez un lugar para la utopía y la renovación:
Bajo un sol rojo continúa la marcha,
somos un pueblo vehemente,
bronco como los pueblos
que descendieron de Abraham.
Muy cierto, además de un viaje a través del idioma, asistimos a la intensidad del movimiento interior y la permeabilidad de las palabras, pues las frases son claras, vívidas, llenas de sentido y completas en sí mismas.
La poesía de Álvaro Marín proviene de la vertiente que refunda la Historia por medio de las visiones mitológicas e iluminaciones poéticas, porque la Historia, su devenir y contemporaneidad, tienen un lugar en la imaginación y en el efecto protagónico de la memoria. Cada palabra guarda la memoria y el lenguaje se carga de fantasmas: “Nuestra casa es una historia de vientos desvastados y veranos sangrantes”.
Quisiera la poesía de Marín entrar a ese libro de las inscripciones que posee la voluntad de frenar a la muerte reinante, conjurar el tiempo y anunciar el enigma, no para hablar una lengua inocente sino proyectar el volumen de una voz que sabe de su esencia y puede advertir la confusión, el extremo movimiento, la cerrazón en la garganta.
Poesía que rompe, desafía, revela y espera, más no continúa en un afán idealizante, formal en la falsa representación.
“Vendrá el hombre después de la fiera”, nos vaticina. O también pregunta de manera inquietante: “¿Porqué íbamos a estar obligados a deslizarnos por estas laderas de muerte?”.
Aquí se unen la inteligencia y la imaginación. De tal modo se propaga la certeza de una memoria que se recoge en ella y hace que el tiempo se actualice, vaya del pasado al presente en una totalidad contestataria, complejidad perceptiva que rompe con la visión ordinaria del mundo. Poesía que aporta una posibilidad humana diferente para entender nuestro drama, el origen de la condición de hombres errantes, desheredados, porque “No es la luz del verano ni el aura del sol naciente, es el fósforo de los olvidados que ilumina la calle”.
“Es una palabra nacida en la profundidad de la sangre”, lo expresa el autor con gran acierto, porque “en un aguafuerte escribo los nombres de los hombres talados”.
Poemas de Álvaro Marín
Crónica del paso de la cordillera (fragmento)
Cabezas clavadas en las puntas de las lanzas
nos muestran que no somos los primeros
en intentar el paso de la piedra empinada.
La realidad es feroz, lo monstruoso domina
por el terror: la realidad pura, la estrecha realidad
de la muerte representada como cabeza lanceada
es una forma del terror.
Vamos, unos dormidos, otros sonámbulos;
otros deliran: “esta es la historia” dice el moribundo entre los brazos de su mujer, “esta es la historia,
es el paso de la cordillera en el año de 1819”.
Desvaría, el pobre delira.
Y alguien pregunta por los hombres talados,
por los cuerpos arrojados al río: es la mujer,
la fantasma loca, la esposa del supliciado.
¿Quién viaja por estas laderas de muerte?
Pasan los arrieros del viento
con sus recuas de mulas hacia la colina incendiada.
Las toscas medialunas de las herraduras
tachonan la noche de verdinegra melancolía:
mulas de fuego y mansedumbre,
mulas de grano y de arsenal,
monturas del relámpago, mulas de oro,
grises mulas de sombra y camisas sangrantes.
Bestias de dios en la procesión silenciosa,
en el misterio de no saber
hacia donde llevan nuestro cuerpo talado
como un tronco de árbol.
Cadáveres al lomo de la niebla
jinetean el páramo y la ardiente playa.
Y estas medialunas
relumbran sobre el pan amargo
y sobre las cuerdas reventadas
que los músicos ya no saben pulsar:
los dedos separados del pie,
los ojos ya fuera de sus cuencos.
Pasan los frutos desprendidos del árbol,
y es realmente el cuerpo de Colombia
el que pasa en andas
sobre el lomo de los caminantes
en la fiesta del Corpus.

Del libro Cuaderno del extrañamiento
Poema de amor
Oscuras alas nos rozan, anoche
cayó un lamparón de sangre sobre la tierra
y la luz de las bombas
iluminó nuestros cuerpos dormidos.
Después de la guerra levantaremos la casa
y la sangre derramada
arrastrará los pájaros grises de la tormenta.
La historia es un país de estaciones,
después del oscuro invierno
pintaremos la casa; cuando en el cielo rojo
se oculten las máquinas de la sombra
enterraremos a nuestros muertos.
Pintaremos la casa,
y el olvido resanará las grietas,
en la noche volverán los amigos
a encender la hoguera de sus voces;
tu voz será una lámpara sobre las ruinas
y tus manos lavarán la sangre de la tierra.
Deseo
Podría decir cielo de plata o luna azul,
pero esa no es mi voz
y si dibujo una estrella
es solamente para ahuyentar mi sombra.
Adivina de la noche, descifra estas aguas:
soy el mar solo acercándose a tus orillas solas.
Y hoy quisiera hacer de mi voz
un mar de luz para la sed de tu noche;
que mis pasos tengan
la resonancia del alba cuando busco tu huella
y no el abandono del sol suicidándose al final de la tarde.
Que mis palabras sean un rumor de alas,
y en el momento de escribir la palabra amor
surja una bandada de pájaros
que silencie el ruido de los huesos del aire.
Y si es por la danza de mis aguas
en la noche de tu cuerpo,
que el deseo nos devuelva
la dulce y dolorosa memoria del paraíso perdido.
( Del libro Noche líquida )

Jamás bálsamo

Noche: sexo de la tierra
negra negrísima noche.
Arribamos al silencio
a su caída de hoja al vacío
descendemos a una profunda
y silenciosa herida
en el socavón de la noche
buscándonos, acariciantes
como si fueran luz nuestros cuerpos.
Ocultos bajo la piel entre las aguas
de un negro océano.
Continuamente caemos
como las hojas del viejo árbol
continuidad de los cuerpos
siempre herida y fulgor jamás bálsamo.
Nos herimos con nuestra sed
amor dices aún en la herida
¿ cuánta guerra por un poco de luz
cuántos días huyendo?
Escuchamos nuestras voces
¿ pero cuáles son nuestros nombres
en el vacío?
Ven dice ella entra de nuevo al musgo
y humedece el polvo de mis huesos
yo también tengo sed.
(Del libro Noche Líquida)
El primer ruido
Para Fernando y Gabriel
No, no es la entonación
No es el ritmo
Ni siquiera el significado.
Es la palabra sola
Sin boca.
¿Y a quién puede importarle
Lo que dice el poeta?
Lo que importa es el rito
La metáfora de lo que siempre hemos sido
La memoria del primer sonido vocal
“el lenguaje secreto de los pájaros
del primer día”
Destemplado es el hombre de hoy
Ha olvidado las palabras.
Alguien balbuce algo
Y todos llegan, es el ritual
La transición
El recuerdo,
la sustitución,
La metáfora en fin
¿Qué extraña analogía es el hombre?
Nada dice el poeta,
Pero de su garganta sale un ser vivo
Invisible, que sólo tiene sonido
Y una música antigua.
Recordamos entonces el sonido original
El primer ruido del mundo
Cuando la palabra se hizo sangre
Y alimento colectivo.
Con el tiempo vino el verso
Pero a los pájaros ya no les importó.
Habla, canta o reza el poeta
Y de todas las formas
Quiere nombrar el mundo,
Llama a los espíritus
Y llama al otro
“me poblaré de voces”, dice,
y acude a su metáfora que es de fuego.
Pero la palabra guarda silencio
La palabra es el abuelo de la especie
La palabra es el sentido
Es el poder y el bastón.
Oseas
El profeta Oseas
Antecesor de Federico Nietzsche
No predicaba entre los pobres la esperanza.
Tuvo una hija con una ramera y la llamó
No más misericordia;
a su segundo hijo le dio el nombre
de No eres mi pueblo,
Y a su infiel mujer la llamó
Pueblo.
No creía Oseas que el vínculo
entre los hombres era la ley
sino el amor.
Para negarlo lo llamaron
Profeta menor, pero
Oseas era antes que Cristo
El profeta del amor
Y de la lucha mística
contra la degradación del espíritu,
la incompetencia de los señores
y la degeneración de los investidos y los profetas.
Citado por Cristo
Cuando decía “amor, no sacrificios”
Tal vez cristo fue solo un predicador de la doctrina de Oseas
Que el tiempo convirtió en el hijo de dios, y a Oseas
En un profeta olvidado por los hombres.

Canción para Juan Rulfo

En la orfandad
se acuna el silencio de las ruinas futuras
en este lugar que se llama tierra
por no tener un nombre todavía
sus habitantes
llevan en un ojo la luna de la muerte
en el otro un sol quemante
La voz
no nace de los labios
es la huella profunda del silencio
Silencio es el nombre de este paraje
fulano es el nombre de todos
y piedra o ceniza
los nombres que tendremos en la nada
hay una geografía con huellas de ausentes
los árboles talados se deshojan
en algún recodo de la eternidad
y cubren de hojarascas las calles del siglo
El viento pasa sordo sin decir nada
todo es un rumor imponente como la medianoche
más no todo comienza aquí ni termina
en esta geografía.
(Del libro Noche líquida)
La ceniza de los venados
El planeta azul...
¿Y quién atiza el fuego de sus volcanes?
El planeta de agua...
mas nuestra sed no es saciada
y la muerte es un jaguar que acecha estas aguas.
La luz es el holocausto de los venados,
quema esta luz
y en vano pretendes esconder la ceniza,
o pintar una flor
en la página en donde está la foto del hongo de Hiroshima.
El planeta azul...
¿pero que muerte nos devuelve su lava?
Tal vez nos arroja el veneno inhalado, tal vez
nos devuelve nuestras ofrendas.

Notas sobre Álvaro Marín
En 1991 Alvaro Marín (Manzanares, 1958) obtuvo el premio organizado por la Casa Fernando Mejía Mejía, de Manizales, con el libro Jinete de sombras, donde nos recordaba que “también el viento le silba a la serpiente”. Con ese volumen de poemas y con su libro de ensayos La brújula no quiere marcar más el norte, Álvaro Marín se constituye en una de las voces más claras de su generación. Marín es además de un sugestivo, sutil poeta, uno de los mejores prosistas, ensayistas de su generación y es uno de los pocos ensayistas, con Carlos Vásquez, Gabriel Arturo Castro, Víctor López Rache o Piedad Bonett, que se han conformado dentro de la generación nacida en los cincuentas.
Juan Manuel Roca
Nos sentimos desubicados cuando dejan de escucharse las réplicas del eco y una voz venida desde la entrada de la cueva nos alecciona con una monserga diferente. No debería desconcertarnos una visita que, lejos de irrumpir sin permiso para desordenarnos la casa, nos regala una ruta de más. Yo la recibo como una alternativa de lucidez en medio de la solemnidad pragmática con que suelen abordarse los llamados temas trascendentales.
Alberto Rodríguez Tosca
Álvaro Marín (nota biobibliográfica)
Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publiqué mi primer libro de poemas con el Título de Jinete de Sombras en 1992. La publicación fue un reconocimiento que me hizo la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, luego fui invitado al Diario El Espectador de Bogotá para colaborar con notas sobre cultura y literatura en el Magazín Dominical dirigido por Marisol Cano y coordinado por el poeta Juan Manuel Roca, medio que jugó un papel crítico importante en la vida cultural del país en los años noventa. El hechizamiento con la literatura y la poesía fue mayor cuando leí a los poetas Cardoza y Aragón y José Lezama Lima y a los narradores Macedonio Fernández y Alejo Carpentier, tenía en este tiempo una lectura de escritores europeos, pero el acercamiento interesado a la expresión latinoamericana fue para mi una revelación de sentido histórico y poético a la vez.
Recibí otro reconocimiento en poesía al ser destacado uno de mis libros: Noche líquida en una convocatoria latinoamericana del Festival de Poesía de Medellín. Publiqué en 1997 La brújula no quiere marcar más el norte, un libro de ensayos sobre cultura, política y literatura.

lunes, 17 de diciembre de 2007

LECTORES DE POESÍA/ Julio César Correa



Por Julio César Correa
 
Escribir, en términos generales, es un acto profundamente solitario; escribir poesía no solo es lo anterior, sino que es además uno de los actos más inútiles que conozca la humanidad. La gratuidad que precede y continúa el acto poético es quizás, de manera paradójica, lo que la hace grande, irreductible, in-comprable, única y hasta peligrosa. Nada más subversivo que la poesía, pues su lenguaje se propone desautomatizar lo que es producto del abuso y el comercio lingüístico, las palabras gastadas, la palabra que tiene por fin único comunicar en contextos donde se aprecia siempre al otro por lo que pueda aportar, por lo útil que sea en la relación de “amistad”, devenida casi siempre comercio y negocio.
La palabra poética es violencia contra la palabra establecida –pero se trata de aquella violencia que señala el Evangelio cuando dice que sólo los violentos arrebatarán el reino. Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática.[1]
Pero, la poesía es mucho mas peligrosa porque hace que quien la escriba y de paso quien la lea estén en la capacidad de ver el mundo con otros ojos. El que escribe poesía se niega a ver el mundo tal cual es, a aceptar la realidad que nos presentan los sentidos de manera inmediata y, lo que es peor, la que nos entregan empaquetada los medios de comunicación, la realidad como paquetes únicos de uniformidad y conformismo, debidamente simplificada, altamente jerarquizada y estúpidamente llana y aséptica.
Dos hechos, entonces, hacen que la poesía sea ese juego a la vez inocente y peligroso: uno, la urgente necesidad de reinventar el lenguaje y, dos, la posibilidad de presentar el mundo de una manera distinta ante unos ojos siempre recelosos de todo lo preestablecido. Es así como la poesía podría acercarse incluso a posiciones filosóficas como las planteadas por Francisco Varela en su idea del conocimiento como enacción y de paso, de toda la filosofía que se niega a pensar las cosas, el mundo y los hombres desde lo pre-establecido, desde el mundo dado de antemano. Mucho más cercana de los seguidores de la visión cuántica de la realidad y de los mundos orientales, la poesía surge como una “enfermedad” que nos “despierta” (Juarroz) y vuelve videntes a los hombres. ¿Cómo aceptar pasivamente, por ejemplo, lo espurio de la vida, el trabajo como ideología, el dinero como culto ante el cual el pensamiento se burocratiza y se esclerotiza; el tiempo como potencia que somete, aliena y esclaviza; la realidad como dimensión que se fosiliza y se convierte en única y por lo mismo en una suerte de imperativo? ¿Cómo no ver, es decir, cómo no estar en la capacidad de intuir las múltiples formas de lo real y de la vida, el universo que se abre en otros mundos que a su vez se repliegan y se ocultan para luego reaparecer amplios, ajenos, extensos, en crecimiento constante hacia la vida, apenas atajados por los límites de la razón?
Dirá Sábato en uno de sus ensayos que no es la poesía o la literatura la que se ha alejado de la gente, del pueblo; sino al contrario, es la gente la que se ha alejado de la poesía. Y no es difícil convenir con el autor de El Túnel que esa idea de pueblo no es la misma de hace algunos años, pero, más aún, que el pueblo de hace algunos años tampoco era la legión de humanistas que seguramente quisiéramos imaginar. La distancia entonces que pueda haber entre la poesía y los posibles lectores se da porque el lenguaje propio de ésta no es para tranquilizar y satisfacer muchedumbres. Cada vez más hermética, auto-referencial y hasta opaca la poesía se niega a hacer concesiones para ser comprendida y aceptada y, por el contrario, busca que quien se acerque a sus linderos lo haga con el equipaje propio de un buen lector.
De paso, el lector de poesía resulta ser tan escaso como extraño; es una especie de bicho raro en vías de extinción, una especie que ya no hace parte de la apreciada fauna de los lectores dotados de una alta sensibilidad, de una fina y aguda percepción, esa misma que le permite barruntar el buen poema, la imagen exacta (perdón por el adjetivo), el sonido correspondiente, el silencio que cala justo a la hora en que las palabras se reacomodan para hacer sonar su misteriosa música. Los lectores de poesía se fueron retirando de las salas, de los ceremoniales y los cocteles porque se dedicaron a escribirla. O porque le creyeron demasiado a Hölderlin y repitiendo el verso aquel de “para qué poetas en tiempos de miseria”, optaron por refugiarse en la nadería de lo cotidiano o, simplemente, porque sus oídos ensordecieron al estar demasiado cerca de los cañones que a diario dispara la basura mediática. Ya sordos, prefieren el estertor y la estridencia de sus egos aliñados, la pacotilla que se vende en las vitrinas bajo el pretexto de la miseria emocional o, simplemente, se dedicaron a morir dignamente convertidos en hombres industriosos, caseros, buenos padres y mejores ciudadanos.
Leer poesía es estar en la capacidad de renunciar, aunque sea por un momento, a la realidad y al tiempo que nos vendieron desde las márgenes de los cuadernos, a la educación que nos enseña a ponderar lo útil, lo necesario y lo valioso por encima del ocio, lo inútil o lo subversivo. El lector de poesía sabe ponderar la urgencia de lo numérico sin excluir la posibilidad de crear esos mundos propios, internos, donde reina la imaginación y los ecos sonoros de la palabra que surge provocando sensaciones como universos. El lector de poesía es ese animal raro que se detiene en la esquina y se sorprende con la nube que se insinúa y se entrega como una dama.
Roberto Juarroz en uno de sus lúcidos ensayos afirma, a propósito del tema, lo siguiente:
La tercera ruptura, la más difícil, es la que provoca aquel miedo que mencionaba Albert Beguin. Cuando le preguntaron por qué la gente no lee mucha poesía, él contestó simplemente: porque le tienen miedo, porque la poesía debe abrir las cosas, debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie ¿y quién resiste esos climas de alta tensión y de alta presión?, ¿quién resiste que la muerte sea tan natural como la vida?, ¿quién resiste que el amor puede ser ascenso o caída?, ¿quién resiste que nuestra vida esté llena de todas las cosas que pueblan nuestros mundos, los árboles, los ríos, los cielos, la lluvia, pero no como decorado sino como algo que forma parte de nosotros?. Entonces, todo esto asusta, es lo que constituye esta tercera ruptura que es transformar nuestro propio modo de vida, transformar y convertir la vida en algo más activo, más potente, más intenso y por utilizar la palabra de hace un momento, más despierto. [2]
Hay que decir, finalmente, que en Colombia no se lee ni buena ni mala poesía. La que se publica hace parte de un circuito que le rinde culto a Onam: se escribe poesía para ser leída por los mismos poetas quienes a la larga terminan siendo sus mismos críticos. No se lee poesía porque no hay editores de poesía y no hay editores de poesía porque no hay quien compre poesía, y no hay quien compre poesía porque no hay quien la lea, etc. Tener lectores no es garantía de calidad, porque de ser así entonces habría que decir que Benedetti es un buen poeta y Antonio Porchia o Martín Adán malos bardos ¿Es un buen poeta Mario Benedetti? Sin embargo y de acuerdo con ciertas estadísticas es el más leído, incluso por los jóvenes.
Así como la poesía es un oficio semiclandestino, solitario y hasta peligroso, así mismo son los lectores de poesía: clandestinos, escasos y hasta exquisitos.

Manizales 11 de Diciembre de 2007



[1] Bordelois, Ivonne. La palabra amenazada. Libros del Zorzal. Argentina, 2002, pgs:32-33
[2] Juarroz, R. Aproximación a la poesía moderna. Conferencia dictada el 8 de marzo de 1994 en la Biblioteca Nacional de Bs. As. Editada en “El jabalí”, Revista Ilustrada de Poesía No 3.