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jueves, 6 de septiembre de 2007

HISTORIA DE UN AMOR, AMOR MALTRECHO




León Darío Gil Ramírez
Era ataulero. Los hacía, y no daba abasto, para las funerarias de los pueblos. Cajones sencillos, en una misma línea, taponados, con una que otra moldura para matizar la dureza de la geometría y justificar un precio. Los de manijas eran por encargo. De dos pisos la casa. En el primero el taller; en el primero y en la calle donde solía sacar las tablas de sajo brutas para que el sol les matara la humedad, les fijara el tapón y la cola o donde, ya hechos, los apilaba mientras llegaba el jeep que los trasportaría hasta el destino final. Adentro, al taller lo regocijaba el vaho cordial de la viruta. Un banco de carpintería, las herramientas, los rollos, los retazos y las pelusas de satén blanco con el que, con afamada curia, artistiaba los encajes. Como para un verdadero descanso eterno, decía. Con dedicación eso hacía Osvaldo, por eso y por su vocación de solitario triste, era reconocido. De rasgos duros como cortados a escuadra. Elegante, de maneras amaneradas, con voz radial. Ineludible miembro de la Junta de Acción Comunal. Aunque ya se conocían fue en ésta donde afinó su amistad con Zulma.
Como palabra, Zulma, evoca un hecho rumoroso, sombrío, casi triste. Zulma, la persona que nombra, era lo contrario, bullosa, luciente, frenética. Virgen, a nadie se lo dio, ni siquiera a Gustavo con quien a través de muchos años edificó una historia de leyenda y a quien, a punto de casarse, le cantó la tabla en plena Plazoleta y en medio de la alegría del festival pro-templo, todo porque lo vio conversando con Sonia, la candidata adversaria; fue el más escandaloso de todos sus escándalos. La otra reina era Fany, hermana de Zulma. Lo que le dio no fue propiamente un ataque de celos; algo más y peor. Una frase con significación y resonancia en cualquier rincón del barrio definía sus pataletas: se le subió la virginidad a la cabeza. A lo último había que recogerla del suelo y llevarla al puesto de salud. Recuperada, metidos sus ojos y su mirada en unas ojeras melancólicas, volvía a sus rutinarios fueros. Conociéndola, era un peligro que Gustavo se quedara; se perdía por temporadas hasta cuando los días o las semanas le armonizaran a Zulma sus desequilibrios. Su verdadero y vital problema era ese, ser virgen, y su mayor tesoro. Solemnemente, después de una visión milagrosa en la que lo vio llorando, se la prometió a San Martín de Porres. A quien la mereciera se la iba a entregar pero bajo una única e inapelable condición: solamente después del sagrado sacramento del matrimonio.
Como profesor, tuvo Gustavo que pedir traslado para otra escuela y evitar, así, que Zulma, en uno de sus arrebatos, se le metiera en la escuela a escandalizar a los niños, desde cualquier flanco lo emboscara a punta de piedras, terrones, tomates, mamoncillos o pepas de aguacate o amparada en la desolación de una esquina o detrás de un poste lo refregara con escarnios desafiantes y malévolos, como ya había ocurrido más de una vez. La más ardua y tenaz, la más inolvidable de todas las historias de amor que trastocaron la sonsa calma del barrio, fue ésta.
Que resultara con Osvaldo, más que un misterio fue una sorpresa que ninguno recibió con halago, más bien con prevención y desconfianza. Osvaldo, físicamente, no era, digamos, un buen partido, pero desde lo económico era un respaldo, máxime tomando en cuenta que él desbordaba los 50 y ella entraba en los 40 años. Él, fiel a su vocación, solo, vivía en el segundo piso del taller; todo hacía presumir que con las comodidades de un hombre sin apremios monetarios. No era frecuente pero se quedaba trabajando hasta tarde. Cerradas las puertas se oía en la cuadra el sonido resbaloso del cepillo o el sonsonete del martillo martirizando la noche. Muy de vez en cuando, solo, se sentaba en su sala un domingo a escurrirse una de ron al amparo de las angustias, desgarros o encantos de los tangos. Aunque aprestigiada, su soltería hacía ver, sospechar o imaginar turbiedades, comportamientos furtivos a altas horas de la noche con tanta discreción y mesura que parecían más comportamientos de ánimas que de humanos. A la luz del día nadie podía atestiguar que vio entrar a alguien. Sin amigos, de pronto, sí, don Manuel, el presidente de la Junta de Acción Comunal con quien, además, lo unía un remoto vínculo familiar. De la misma Junta, Zulma era la tesorera, Osvaldo el fiscal.
Conocidos de sobra los antecedentes de Zulma con Gustavo, nadie daba cinco centavos por los nuevos amores con Osvaldo. Aún así y todo comenzaron a prosperar. Departían el mismo vaso de jugo en los convites quincenales. Ni de la mano ni de gancho, nunca, pero uno al lado del otro se les veía yendo a misa o sentados en la cancha de fútbol viendo los clásicos dominicales. La historia logró otro color el día que, ahí sí de la mano, desfilaron desde la Iglesia hasta la casa de ella en la misma línea que, ocupando el anchor de la calle empedrada, iba toda la familia. Adelante y de rodillas, Mario, el hermano suicida de Zulma. No tanto suicida, en el hospital le pudieron neutralizar la sobredosis de vidrio molido que se bogó con agua para apagarse un quebranto de amor por otro hombre. Ya salvado, lo primero que hizo cuando volvió en sí, fue prometerle a San Martín de Porres, por el milagro y como agradecimiento, irse de rodillas desde el altar del santo en la Iglesia hasta el altar del mismo santo que doña Rosa, su madre, reinauguró para el efecto en su casa. La exreina iba en el extremo izquierdo, enseguida la menor de las menores, otras tres, después ellos dos, doña Rosa, enseguida la prole de hermanos que cerraba Hilder el estilista que para la ocasión vino de Bogotá. Detrás de ellos el cura Raúl y detrás de Raúl el barrio compungido y a la vez agradecido por el favor que San Martín, el santo patrono, le hacía a una familia plena de méritos reales, cívicos y religiosos. El hecho sirvió de pretexto para que se hiciera público y evidente el compromiso matrimonial. Empero, el vaticinio que corrió como un extraviado ventarrón fue contundente: no serán felices. Con una condición anexa, mortal, que la gente murmuraba en secreto: hasta que Gustavo muera.
Verlos deambular por las calles, aunque era una gracia, no lo era del todo. A ese romance lo oscurecía, por un lado, la sombra inevitable de Gustavo y por el otro, ese reducto oculto en las secretas noches de Osvaldo. Se mencionaba también, y ese era el miedo, la virginidad de Zulma, no fuera que, el día menos pensado, le desajustara los sentidos y le avasallara la razón. En el fondo lo que más deseaba el barrio era que no se casaran, y todo hacía presumir que sí.
Que él no fuera a la casa de ella se explicaba por el mal genio y la cismatiquería proverbial de doña Rosa. Que ella no fuera a la de él, -desde luego, para evitar rumores- sencillamente no era conveniente. Estos dos hechos, más el de Gustavo, más el de la virginidad, le angostaban el horizonte al romance, romance que se veía sano y robustecido en la misa de 7 todos los domingos, en las empanadas bailables, temprano en las cafeterías de la Plazoleta o en las tardes de fútbol. Y, desde luego, en las obligaciones que compartían como dignatarios de la Junta de Acción Comunal.
Transformó de un modo radical, a instancias de su novia, la presentación de sus manos. Relucían decentes y pulcras, casi femeninas. Con aguarrás primero, después con las magias de manicuristas, se borró la costra de tapón y cola que las afeaba. Desde entonces, aunque le costó acostumbrarse, no dejó de usar guantes de caucho para protegerlas. Y no sólo eso. Para evitar los efluvios nocivos de sus unturas, se sumó tapabocas y para el enjambre de pelusas que invadían todo como una plaga imposible, se agregó una gorrita verde de médico legista. Ahora sí se nos mariquió el ataulero, viéndolo trabajar con semejantes añadidos comentaban entre dientes los desocupados de la Plazoleta.
Fue un miércoles. Mediaba octubre con la tranquilidad de un mes anclado entre la modorra de la cotidianidad y la esperanza del fin de año. Un mes larvario y un miércoles, ese, sin luna pero testimoniado por estrellas que aprovechaban los claros que dejaban las nubes para darle un atisbada a la tierra. Medio alumbraban al barrio las escasas farolas de las esquinas y el viento, un viento en flecos y helado, rasaba las calles. Ni un alma por fuera de las casas. Pervirtiendo la oscuridad, titilantes, dos llamas de vela desde el fondo de la casa de Osvaldo, derramaban sus ecos, perceptibles, por entre el vitral encortinado de la sala. Corroída por los celos, rigurosa en seguir desarrollando la estrategia elaborada, ya Zulma, sin que nadie lo percibiera, había traspuesto el paso más difícil: salir de su casa. Frente a lo que le contaron era lo primero que debía hacer, y con arrojo lo estaba haciendo. El resto del plan juró agotarlo hasta esclarecer toda la verdad, una verdad que le estrujaba las entrañas, le apelmazaba el alma. Recostada contra la pared, como una sombra más negra que la noche, allanó la primera cuadra. A pesar de la angustia que la excedía, procuraba manejarse como un ser que reconoce su ira, que la sabe tratar y sabe leer los dictados de sus instintos para conducirlos sin estropear sus cometidos. Lo único blanco que la podía delatar eran sus dientes y no era tiempo para reírse, al contrario, sobreponiéndose al sentimiento que la poseía, fue capaz de vencer el taco que se le hizo en el pecho y de dominar la inminencia de las lagrimas. Ganó el poste de la esquina y en el mismo movimiento la otra pared. Rabiaba. Para invalidarles el ruido se sacó las llaves del bolsillo y se las metió, sin que se lo repudiara el pudor, por entre los brasieres. Mentalmente le mentó la madre cuando oyó desde lo más profundo de su ser a Fabiola susurrándole insidiosa: échele ojo, ese se la juega y no con cualquiera. Acezante y trémula, tomándose las manos y tratando de darse consuelo, pronunció: ¡imposible! Pero estaba frente a otra imposibilidad más contundente: no podía desistir. Por la cantina de Chalo pasó rauda y a distancia; aunque viejo, era mejor no darle ningún motivo al perro que la cuidaba. Yo en éstas, se dijo reconociéndose y empuñando las manos, como aprontándolas. Se reacomodó la bufanda, también negra, en la que embozaba su rostro. Oteando hacia el sur para desestimar presencias indebidas vio la ramada de la Iglesia y sobre el telón negro de la noche el tachón más negro de la cruz. Hubiera preferido no haber conocido nunca a San Martín de Porres; más allá de ella lo vio como una falacia para engatusar incautos. Gateando transmontó la talanquera en guadua de la manzana J. Arribó y se ocultó detrás del poste de la luz de la casa de los Duque. Por entre las hendijas de la ramada de la Iglesia temblaba, inextinguible, la llama del Cirio Pascual. Se acomodó con inusual temeridad una actitud de hombre, así ganó el poste de la casa de los Ciros. A la grata visión de una raya luminosa de ciudad al fondo, menos grato no fue el olor a pasto cortado que aspiró como un bálsamo. Presintió la casa que buscaba. Cerró con fuerza sus ojos para precisarla en su rabia. Y si es verdad, te mato gran hijueputa; se mencionó desde otra voz y desde otros sentimientos. Dueño del tiempo y de la vida, con porte de macho alebrestado y con esas intenciones, de una a otra acera, cruzó un gato. Zulma se angostó en el poste mientras cruzaba el gato y pasaba un taxi. Deseó, cuando en la pretina del bluyin se palpó el cuchillo, tener un revolver. Con desazón descubrió que nada, hacia delante, frustraría su intención. Calculó cual sería el siguiente tramo. Arrancó. Hasta donde lo había calculado, llegó: un muro en ladrillos en la casa de los Guarín, desde donde en diagonal y perfectamente divisó su objetivo: la casa de Osvaldo. Se acuclilló. De aquí, hijueputa, no me muevo hasta no conocer la verdad, se dijo en tono perentorio. Dispuso el alma, el cuerpo, el cuchillo y se resignó a esperar. Lo hizo hasta cuando, sin poderse resistir, acosada por una necesidad a la vez ambigua y punzante, atravesó la calle y alcanzó la casa de su obsesión. Reanimadas, con aire de nuevas, vio reflejadas en la cortina de la sala la luz de las velas. Con cautela se arrimó hasta la entrada. Luego, libre el ambiente de cualquier novedad que lo perturbara, puso una oreja contra la puerta. Nada; acaso y más como producto de la imaginación que de los sentidos, como el corazón de una brújula, oyó el tremor apacible de las velas. Espero. No se dejó alterar por la impaciencia que comenzaba a abrirle un hueco en el vientre y una desazón misteriosa que le inquietaba las manos. Mientras cambiaba de posición y de oreja oyó que desde el fondo de la casa –o de su rabia- se desastillaba un hiriente ruidito de vasos tocándose y unas risitas tan imperceptibles que le parecieron los menudos gruñidos de una camada de ratones recién nacidos. A contracorriente de sus deseos y luchas la cabeza se le llenó de Osvaldos maltrechos y monstruosos, abrazados o abrazándose a trozos de cuerpos sin determinación, mutilados y múltiples; temía que fuera no una imaginación si no una visión, por eso se restregó los ojos. Le caló tan profundo lo que le había contado Fabiola que vio lo que le dijo aumentado en pornografías indecibles, tan indignas como absurdas. Sin ser capaz de no hacerlo, por cuenta ahora de los celos que la investían de una irreflexiva imprudencia, se agachó y miró por la hendija de debajo de la puerta. Lo que vio la hundió en una revoltura turbia y desenfrenada de gritos sin antecedentes en las noches y en la memoria del barrio. Aullidos que no fueron opacados por la andanada frenética de manotazos y patadas que con irracional furor acometió contra la puerta. Como el derrumbe de un castillo de cristal hundiéndose en el silencio perfecto de la noche, así sonó cuando Zulma en el cenit de su dolor, de un puño rotundo y seco rompió la vidriera de la ventana. Fue cuando el barrio, todo, colgó sus sueños en el filo de las 4 de la madrugada y salió a constatar lo que parecía las primicias del Juicio Final. No todos pero sí la mayoría vieron salir calle abajo, alisándose el pelo, subiéndose cierres, atándose correas, apuntándose botones, amarrándose cordones, alto, flaco, un muchacho que se tragó los albores de un jueves imborrable. En las postrimerías de los hechos, Osvaldo en levantadora a medio poner y a pie limpio, aunque ayudó a recoger a Zulma del suelo revuelta en convulsiones espantosas y en espumarajos de muerte, se negó acompañarla hasta el puesto de salud.
Los años, aunque han desfigurado la historia, cierta en todos sus detalles, no han podido restarle nitidez a un grito: ¡ataulero cacorro! que desgarrado y desde el fondo de un tormento indecible, repitió Zulma hasta que la calló la inconsciencia.