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lunes, 23 de abril de 2007

A Través del espejo / Cuento de Héctor Medina Castañeda



El reflejo del rostro de Bibiana ante el espejo queda encerrado. La huella de los años (tan sólo treinta) ha marcado su frente de arrugas largas y atormentadas. Contempla su nariz, la boca, sus ojos, sus orejas, sus pómulos y sus manos con tal ahínco como si jamás se hubiera visto, extrañada de toda una evolución animal. Se pasa las manos por la cara. La noche la exhorta a dormir, alza sus cobijas, cubriéndola y apagando la luz, y hace que el cuarto expire el aire viciado del día.
La mañana siente un dolor fuerte. Lo primero que hace Bibiana es observar su rostro al espejo, siente que la noche anterior no le ha alcanzado para contemplarse. Su cara se refleja; se pasa las manos por ella pero no la siente, como si hubiera pasado un trozo de metal. Limpia el espejo, se le escucha una súplica a ese universo aparente y vanidoso. En la noche se pasa de nuevo las manos pero tampoco lo siente. Ahora sus manos, insensibles, con las que ha acariciado y sentido la materia, no le responden. La noche la acuesta de nuevo.
La mañana se expresa en todos los idiomas. El espejo observa a Bibiana abrir sus ojos y batir sus manos; no puede bostezar, hablar ni gritar, simplemente su boca, de labios delgados y pequeña ha desaparecido; quizás, ahora está en su mente. Se queda todo el día en la cama, escucha lo que dicen otras personas en la calle, a ver el universo abierto porque el cerrado se lo niega todo (está segura que el espejo la engaña, no puede ser realidad. “Ahí no hay razón, yo no creo en lo metafísico”, piensa). Ya no tiene su boca, la que ha probado los más ricos manjares, la que ha politizado, opinado, besado. Espera que la noche la doblegue, y duerme.
La mañana escucha el inmenso ruido de la tierra. Sus pómulos ahora llegan donde empieza el cabello. Un pájaro se posa en la ventana pero no escucha su canto. Al mirar al espejo sus orejas flácidas se han vuelto polvo; remueve los cajones de la ropa, ¡debajo de los colchones! para ver si allí estaban sus orejas pero no ve nada. El sonido físico se expande por toda la tierra; pero el metafísico se diluye en su cuerpo. Con sus oídos ha gozado de la música. Se mira por última vez al espejo y le parece tener en su cuerpo una caja con ojos y nariz. “Será lo único que me quede”, piensa, al poner su cabeza en la almohada.
La mañana huele la basura putrefacta y los aromas más agradables. Bibiana no respira. Va al espejo y su nariz respingona no está. Se desespera (pero cómo vivía si ya no respiraba, piensa, o, sigue insistiendo, no confía en el espejo. Olisquea la madera, los zapatos, los dulces pero no los captura; de pronto; de pronto su nariz ha quedado en otra parte de su cuerpo. Simplemente ve el mundo cómo se satisface: la gente saborea y huele, siente, besa y ella no cabe allí. Los ojos allí quedan, está segura; la naturaleza no le negaría el sentido más importante. Con la vista podría adquirir conocimiento observando, podría imaginar el olor de lo delicioso, escuchar algo, sentir, hablar, ver e imaginar, sería fácil. Viviría a medias pero feliz; la imaginación sería la otra parte. Duerme al llegar la noche.
La mañana contempla todo el planeta tierra. La brisa trae al cuarto de Bibiana todo el mundo. Al levantarse, se siente dentro de una caja (ahora su rostro era una figura geométrica sin conocer, piensa). Busca en el vacío un objeto con qué romper el espejo. Imagina que ha cogido uno de vidrio y lo ha tirado por simple intuición (¿Lo ha roto?). El vacío empieza a dar vueltas, como si se formara un huracán en el espacio exterior. Ahora desaparece su pensamiento, el vacío se ha quedado en las inmediaciones del antes del Big Bang. Flota y crece su extensión; el mundo se diluye. Definitivamente sube al espacio porque al brillar la luz solar todo su rostro se refleja en él.