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martes, 3 de abril de 2007

LA LECTURA COMO VIVENCIA


Por Gabriel Arturo Castro

Foucault, hablando de Deleuze, sostenía la necesidad de sustituir una lógica “ternaria” (designación, expresión, significación) por otra “cuaternaria” que tenga en cuenta el sentido como acontecimiento de naturaleza metafísica. El verbo, en una proposición, hablaría de ese carácter incorporal y aconceptual de lo que acontece.

En lugar de repetir conceptos uniformes, homogéneos e incólumes, se trata de concebir la diferencia a través de la ruptura y de la disyunción.

La lectura, luego de todo análisis (dominio de la razón lógica, necesario primer escalón en el quehacer del lector), entra a la experiencia de la dislocación y el alejamiento, desunión de realidades que contraponiéndose poseen un nexo común, porque en cada lector hay una lucha, al tiempo que busca un espacio imaginativo, su propio intervalo, explora rupturas y teje continuidades y conexiones.

El profesor Alfonso Cárdenas Páez sustenta que la lectura, “además de su capacidad lógica, también debe entrar a los dominios del afecto y la imaginación, ya que ella interactúa y, en consecuencia manifiesta una visión integral frente al universo que la rodea”.

Leer es interpretar, sostiene el maestro Luis Alfonso Ramírez Peña:


Interpretar no es quedarse solamente con el descubrimiento de los significados o contenidos de lo dicho por el texto como lo recomienda una escuela teórica basada en la “representación conceptual”. Es necesario descubrir intenciones, deseos, ideologías y creencias. Al fin y al cabo los contenidos de los textos, además de ser representaciones del mundo, están enfocados desde una subjetividad de quien los produce y desde una relación establecida con su interlocutor, lo cual muestra su manera de ubicarse en la sociedad.La lectura debe apuntar, por lo tanto, a la formación de todos los sectores críticos, no sólo desde el plano intelectual o de las instancias lógicas.

Ruptura, porque la lectura irrumpe en un espacio de posible error, indeterminación y equívoco, pues según Blanchot, no existe un sentido último, ni verdadero, ya que éste se encuentra desestabilizado.

Al respecto Bergson afirma:


Las palabras no tienen siempre el mismo sentido. Hay que entrar a la tercera dimensión y poner palabras en su contexto y en su atmósfera para aprehender sus sentidos justos, para escuchar sus resonancias sin fin.
O como lo dice José Lorite Mena al hablar del griego Jenófanes:

La palabra circula de un estilo a otro, como si la pretensión de Jenófanes no fuera hablar de las cosas, sino de crear relaciones de los hombres y las cosas en las palabras. La palabra adquiere una inmovilidad incómoda para soportar la paideia que contiene, como si la misma palabra sospechara de su capacidad de paralizar el pensamiento, de envejecer las cosas en los contornos de sus límites.
Fuerte y alta tensión entre movimientos de continuidad y discontinuidad, de reflexión y creación, ejercicio que pasa por comprender-entender y hacer el mundo. Heidegger argumentaba que “el ser y la esencia de las cosas no pueden ser calculados ni derivados de lo existente, deben ser libremente creados, puestos y donados. Esta libre donación es instauración”. La esencia está enmarcada en el esfuerzo convergente y divergente del hacer interior y la voz exterior.

La lectura como diferencia y experiencia distinta e irreductible. La lectura entendida desde la experiencia y no sólo a partir del estudio de un objeto. Incluye la vivencia, los afectos y la memoria, es decir, hace de lo emocional, lo intelectual y lo práctico una totalidad. O lo que es lo mismo: informa, interpreta y siente, porque según Dewey, la experiencia es vitalidad elevada, siendo la emoción el elemento que unifica.

El lector se interna dentro del texto, dialoga en su interior, descubre y aprecia. Se instaura entonces la idea de la lectura como riesgo, incertidumbre y ambigüedad, nociones fundamentales de toda obra. “Con base en una idea de la lectura como recuperación y afirmación de la plena indeterminación, surge un cierto modo de interpretar”, sostiene Blanchot.

El lenguaje interpretativo sólo se puede dar con el contacto profundo con la obra, desde su incursión personal por medio de la pasión de la lectura. Así el lenguaje sería “el más peligroso de los bienes”, en palabras de Holderlin.

De este modo la lectura deja de ser objetiva, porque interviene el deseo y la sugestión, el dominio subjetivizante, la percepción honda del hombre.

El lector realiza el viaje ontológico al fondo del libro, recupera la experiencia original de la escritura y abre una distancia al interior de la obra, la cual se convierte también en un espacio creador de búsqueda, imaginación, valoración de la experiencia propia y ajena. “La lectura auténtica es la que devuelve la obra a esa pasión de lo incierto que es su origen”, de acuerdo con la concepción de Blanchot.

Desde tal perspectiva, la lectura es un desafío a la razón, una resistencia a la verdad absoluta, a las posturas mecánicas y anquilosadas, “a la seca pobreza del entendimiento”.

El lector no repite, inventa, piensa a la medida, porque los problemas, según Bergson, se plantean en función de las cosas. En este estadio no hay fórmulas hechas, ideas aprendidas, o tesis sistemáticas. El esfuerzo del lector es “comprender una parte con el espíritu y adivinar el resto con el corazón”.

Y sólo inventa quien tiene una vida interior profunda.


Tal esfuerzo creador se encuentra al principio de nuestro ser. Por ello el acto de la lectura es un acto de interioridad que se inicia por el principio de simpatía que se advierte tras las palabras el espíritu que las ha engendrado.

Conocer es conocer desde adentro, es asumir la raíz de la interioridad donde se concibe la idea creadora. Tal fuerza fundadora hace surgir un mundo, un lenguaje, que vuelto sobre sí mismo, trata de sobrepasarse a sí mismo.

Leer es, entonces, una voluntad de elección y acuerdo fundamental, no un acto mecánico, intelectualista, egoísta o perezoso, la lectura interesada que ve al texto como materia inerte, pieza de museo o de laboratorio.

Por lo tanto, según Max Scheler, se debe hacia la lectura eliminar la inhibición del espíritu: “Un acto del ímpetu de la totalidad y del núcleo del hombre hacia lo esencial”.


De tal forma leer es participar también de la esencia originaria: conocimiento espontáneo, convivencia, ansia creadora, tránsito de la ciencia a la fe, dominio de la probabilidad, dinámica y elevación del espíritu, un acto metafísico referido al fin último, al fundamento y naturaleza de las cosas, donde comienza a obrar el conocimiento intuitivo dirigido a lo interno, a lo singular, a la intimidad de la conciencia.

Dicho espíritu activo deja un rastro inmóvil, un resto inefable sin expresar y que únicamente la intuición puede captar.

La intuición se traduce en imágenes que sugieren, ya no en conceptos que señalan una sola dirección y no se pueden contradecir.

La lectura pone el instinto en acción, aprehende los objetos en interioridad y los provee de aliento, movimiento vital por intensidad y tensión.

Aquí coinciden por un instante y en un punto, la inteligencia y el instinto a través de una intuición breve y profunda.

Luego de la interiorización sucede la transfiguración de las cosas, de la realidad henchida de espiritualidad. El lector viene a descubrir existencias latentes y revive acontecimientos en su duración real, o sea que la lectura se vuelve un acontecimiento o en palabras de Blanchot: “La lectura hace que la obra se convierta en obra”: esfuerzo, conquista, marcha aventurera, libertad, exigencia, génesis y revelación.

La lectura es también motivo de una vivencia, expresión de de la vida del hombre.




Gabriel Arturo Castro. Poeta y escritor colombiano.