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miércoles, 17 de enero de 2007

SABINES





Por Jairo Hernán Uribe M.
I.
LOS NACIMIENTOS.

“Como una escarlatina te va a brotar,
de pronto, la vida”
(Poemas sueltos)
Me nació Sabines en un seminario de poesía, allá por el año 1982. Uno de los iniciáticos – como le decíamos a los aspirantes a vates – leía con fervor algunos poemas del mejicano. Eran textos de magazín, ociosamente exaltados. “No me digan ustedes en dónde están mis ojos…”, suplicaban , desde una fosa urbana que sonaba a quejumbre nadaísta, el lector y el poeta. “…Pregunten hacia dónde va mi corazón”, parecían responder en eco las paredes y claustros universitarios. Ese nacimiento no tuvo euforia de ninguna clase y me pareció vulgar. La poesía mejicana, en el contexto del seminario, era Paz y un poco de Elizondo. Y , curiosamente, al advenimiento de Sabines – en la ensalada poética de esa tarde - le precedían los trabajos de Mutis (de pareja sonoridad) y la pléyade iconoclasta de Arango, Escobar, Jaramillo y Lemus. Yo ignoraba la edad, la filiación social y política, el talante y la fisonomía de Sabines. Como referencia y metáfora, apenas tenía un epígono de bufanda y gafas redondas que recitaba : “Te quiero porque tienes las partes de la mujer/ en el lugar preciso/ y estás completa. No te falta ni un pétalo/ ni un olor, ni una sombra./Colocada en tu alma/ dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,/ leche de luna en las oscuras hojas ”. Eso era todo lo que tenía del mejicano. Un poco después, fustigado por la poesía cortazariana y ansioso de otros aires, me topé a Sabines en una revista de papel periódico llamada “Golpe de dados”. Fue otro nacimiento extraño. Ese mismo día Sabines asistió, con nosotros y sin invitación, a una boda de poetas y a una salvaje bebeta en la cima de Manizales. La pastosa lectura de medianoche rezaba : “Recuerdo que recuerdo su nombre,/ sus labios, su transparente falda./ Tiene los pechos dulces y de un lugar / a otro de su cuerpo hay una gran distancia: / De pezón a pezón cien libros y una hora,/ de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas ”. Pero los competidores, que eran muchos y ya roídos, brotaban de la memoria a cada trago : Hernández, Benedetti, Machado, Vallejo, Neruda, Borges, Alberti. Ellos eran el fortín literario del momento. Para igualar las cargas, como indicaba el manual crítico-enciclopédico de la época, rastreé el origen sabinesco y me encontré con este otro parto : “Jaime Sabines. Tuxtla-Gutiérrez, (Chiapas). 1926. Hijo del Mayor Julio Sabines y de Doña Luz Gutiérrez. Estudió medicina unos años y luego filosofía y letras. Fue vendedor, comerciante y diputado. Barrió calles, levantó cortinas y marcó telas. A los treinta años de edad apenas había publicado tres libros. Muertos sus padres, les dedicó intensas memorias poéticas. Recibió todos los premios provinciales y nacionales que le merecieron sus ancestros y sus relaciones políticas. Hace varios años que no escribe ni edita ningún poema”.
II. LAS MUERTES
“Ante la muerte lo único que se tiene
es la cabeza rota, las manos vacías,
ante la muerte el poema no existe.”
(Sabines en una entrevista con Pilar Jiménez)
Pasaron los años y Sabines se nos maduró biche y se nos extravió entre el oleaje de reseñas y diarios. Pero no pasó a la mejor vida libresca, ni dejó su rastro en el repertorio obligado de citas y poetas. Solamente lo olvidamos. Vino el fervor pessoano y tropezamos con sus clones. Luego asistimos al descubrimiento de Kavafis, a la disfonía de De Greiff, a la precisión de Borges y finalmente a la coronación de Salinas. Fueron años de combativa poesía personal (la de servilletas y etiquetas de cerveza) en garitos y putiaderos, en las ágoras que permitían los parques y en cuartuchos afiebrados. Hasta que cierta tarde, en un parque infantil, junto a un grupo de salseros ebrios, feneció Sabines por segunda vez. Digo feneció, porque se nos volvió repentinamente solemne. En declamatoria versión, lo escuchamos decir : “Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino, / el más tembloroso, el más insoportable. / Los amorosos buscan, / los amorosos son los que abandonan, / son los que cambian, los que olvidan”. Y comenzamos a tratarlo como a un difunto: Sabines era, escribía , vivió, dejó, alcanzó, tuvo, bramó. Todos los pretéritos le pertenecieron de una vez por todas. Comenzó a ser plegaria y sonsonete: “Los amorosos son locos, sólo locos, / sin Dios y sin Diablo ”. Dejó de crecer y se congeló en todos los rituales. Se volvió canción que competía con evocaciones líricas y, a veces, con groserías y parodias, porque “¿Qué putas puedo hacer, Tarumba / si no soy santo, ni héroe, ni bandido, / ni adorador del arte, / ni boticario, / ni rebelde ?”.
Murió, contemporáneo, sin serlo y sin necesitarlo. Y siguió muriéndose, repetidamente, en las revistas puntuales (punto aparte, punto y coma, punto sobre punto, punto y ya, punto y etcétera). Lo leíamos y leímos en esquelas, cocteles, recensiones, cartas de amor, rellenos dominicales, comidillas y hasta en los insufribles recitales. Y supimos, de sobremesa, que había muerto luego de una fractura incurable, treinta y cinco operaciones y cuatro iatrogenias, el 19 de Marzo de 1997.
Con sus mismas palabras enarbolamos este epitafio : “He aquí el patrimonio del desheredado: / sus hijos, y la tarea diaria,/y el pedazo de cama en que se acuestan/ con los ojos abiertos los sueños./ ¿Es posible ?, ¿ es posible vivir / al margen del río sonoro de la vida ? ”.
II. LAS RESURRECCIONES
“¡Qué hermosa es la vida! ¡Cómo nos despoja todos los días,
cómo nos arruina implacablemente, cómo nos enriquece
sin cesar !”
(Como pájaros perdidos)
Múltiples rostros había tenido el tuxtleño : docto de gafitas, borracho-salsero, momificado, arcaico y tutelar, leído, manoseado, declamado y olvidado. Para completar el retrato conocí su voz – una voz que inmediatamente remitía a “Comala” - , pastosa y ronca y tan compacta como el compacto en el que leía poemas ajenos. Gracias a esto alcancé algo de su propia epifanía. Quizá fue una tarde de Diciembre. Como a todos los poetas mayores, el hálito decembrino les suele disolver la tonsura parnasiana. En un recuento lujoso de su poesía leí al funcionario y al vendedor. Escribía poemarios desde 1950: “Horal”, “La Señal”, “Adán y Eva”. De la misma época fueron sus “amorosos” (clásico de café-poeme). Diez años adelante, comenzó a fecharse el verdadero paisano con sus “Jugueterías y canciones”, su “Tarumba”, su “Yuria” y sus compilaciones mortuorias. Tres de estas series me lo resucitaron una vez más : Poemas sueltos (1951-1961), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973).
La primera serie, la más nerudiana y obvia, me lo tradujo sobreviviente. “Nadie puede vivir de cara a la verdad /sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos./ Porque la verdad es que somos débiles y miserables/ y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer y afirmar./ No podemos vivir a la intemperie/ en el sólo minuto que nos es dado”. Quería nacer en todas partes, averiguar su sino, ampararse en una fuga siempre cotidiana. Y se preguntaba, sibilino :“¿A cuántas muertes tenemos derecho cada uno? ”.
Como póstumo homenaje a Doña Luz, su madre, se lanzó a vivir con menos agonías. Y, claro, liberado del peso fantasmal que dan nuestros más esenciales muertos , declaró : “¡Qué confortablemente ciego estoy de ella ! ¡ Qué bien me alcanza su ternura ! ¡ Qué grande ha de ser su amor que me da su olvido !”.
Y de esa herencia sin lágrimas que fue la madre muerta, se deslizó – como Lázaro sempiterno- a la más antigua desaparición del padre y escribió lo mejor de su peculio : “Te enterramos, te lloramos, te morimos, / te estás bien muerto y bien jodido y yermo / mientras pensamos en lo que no hicimos / y queremos tenerte aunque sea enfermo”. También lo más airado : “Ángeles degollados puse al pie de tu caja, / y te eché encima tierra, piedras, lágrimas, / para que ya no salgas, para que no salgas”.
Después de releer este último ciclo, comprendí: Sabines había regresado del turbio socavón de la poesía sin materia a la declaración viva de su oficio como hombre. Y ‘pensándolo bien’, como siempre lo manifestó, me propuse dotarlo de más días y noches. Lo volví a ver, pues, menos derrotado y más convulso, eludiendo mediquillos y amigotes de ministerio, olfateando mujeres jóvenes porque, por estos años y como él lo enseña, “ la juventud sólo puede llegarnos por contagio”. Y lo recordé (primer conocimiento serio) fumando, fumando, fumando, fumando deliciosos puchos de frente a la muerte necesaria que no está en el cáncer sino en el sexo y la mujer. Y quise, como él, amar las ferias mecánicas, los zoológicos y los hospitales y “todos los lugares en que la ternura se asoma como un tallo”. Y sobreviví y persistí y soñé y me emborraché, luego de considerar – sin miedo- que “este es el tiempo de vivir, el único”. Y sigo esperándolo, a Sabines (ese de la foto en internet, canoso hasta el bigote y con el pucho en los labios) para espantar la vida seca, los viejos modales, el corazón vacío del éxito y a las mujeres y amigos ingratos. Lo espero, junto a Marcos, el otro chiapaneco ( ingenua o cínicamente malquerido por Sabines), para conversar; y “vuelvo a fumar, mientras las cosas se ponen a escuchar lo que no hablamos”.
Junio De 2002.

BABELIA (Cuento)


Por Jairo Hernán Uribe Márquez
No fue un ángel. Fue Pachito, el babieca, mi serafín de todos los mandados, quien me trajo la mala noticia. “Va a tener que escribir una rectificación, mi don”. Yo lo miré, sin embargo, con la misma desconfianza que siempre me provocaron los becerros tímidos, aparentemente inofensivos, que en más de una ocasión me revolcaron cuando niño.
-“Babosadas”, le respondí.
Rumbo al “Astor” me agarró la risa. “Doña Frígida de Infante Solís, marchó de estos tristes riscos hacia los valles festivos del cielo…”. Una babosa be, una simple be, que es una babosa encopetada también. La vieja se llamaba Brígida y en ese pequeño gazapo, creía yo, se agazapaba la ruina de mis casi treinta y cuatro años de corrector. Claro está que me quedaba, como aliciente fraternal, la tertulia vespertina. Sólo que mis interlocutores de todos los días no estaban de humor.
- Esas cosas no se le hacen ni al peor enemigo...- sentenció Sergio, el “Peludo”, en un tono que presagiaba la bebdez inminente.
- Por lo visto este ya no es el diablillo de la imprenta sino el Belcebú- me defendí.
-A mí me hacen una bufonada de esas y mato y como del muerto – remató Zuluaga, empeñado en doblar las páginas centrales de un pasquín que, a la altura de su pecho, semejaba un burdo babero de palabras.
El asunto era babélico y yo no reconocía en aquellos señores torvos a mis socios de toda la vida. Me daba cuenta, eso sí, que en vez del bebistrajo tradicional se estaban aplicando unos tragos sueltos de ron. Levanté la mano y le indique a la mesera que me trajera lo mismo. Pero el ambiente era más que brumoso y la mesa estaba electrizada.
-Tiene usted muy mal carácter, don Rubén- babeó de nuevo Sergio y se fue de largo, como la bestia que era, acusándome de no sé que bribonadas y deslealtades.
En ese mismo instante llegó la babosuela que nos atendía y resultó que no había servido ron sino brandy, un mal brandy que olía a funeraria.
-Una cosa es la solidaridad y otra la alcahuetería- dije, al tiempo que me levantaba de la mesa, dejaba unos pesos para saldar el equívoco trago y me largaba para la casa.
Mi mujer, que con las gafas parecía una beata zonza, leía algo en un papelucho arrugado.
-Triglicéridos- espantó.
-Ojalá ese diagnóstico no esconda la baboquía del cáncer- le dije.
-Primero te mata ese amigo tuyo, el poeta.
Y entonces me pasó el periódico donde, con salsa de tomate, resaltaba mi pequeña columna de reseñas literarias. Y esto era lo que enfurecía a mis amigos. En vez de la nota que debía favorecer el pésimo poemario de un compañero de trabajo, aparecía este texto:
BED BIL BADULAQUE BACIANDO BURDAS BAZOFIAS. BULGAR BEDETTE, BACUA, BENÁTICA. BICHO BERZOTA, BODRIO, BOTARATE. BALDRAGAS BERBORREANTE. BISOÑO BA, BURREANDO, BALADÍES BASCOSIDADES. BASURA, BALDO, BULTO BOCINGLERO.
No fueron los diablillos de marras. Apenas esos días en los que uno parece destinado a estar en babia. Recordé que días atrás, tratando de adaptarme al computador y a la odiosa obligación del intranet, había escrito esta versión grotesca, pero sincera, del texto que debía acompañar la fotografía de mi jefe recibiendo una condecoración comercial. Recordé también que no había podido escribir nada bueno sobre el libraco de poemas y que si lo trocado estaba bien trocado, como era habitual en el periódico, lo que escribí al respecto debía aparecer como pie de foto de nuestro flamante director. Y, en efecto, pasé varias hojas y caí de lleno sobre la página social donde el boato de mi jefe se exponía sin pudor y donde mi reseña crítica berreaba:
BAH….BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE…..BÚ.
Con disimulada seriedad le devolví el periódico a mi mujer, señalándole de paso la nítida embarrada.
-Y ahora, de qué vamos a vivir, ¡ carajo ! – se lamentó.
Yo solté una risotada y pensé, satisfecho, que vienen a ser lo mismo VIVIR y BIBIR, como tan acertadamente lo recetó Baudelaire.

Julio de 2005.