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sábado, 29 de diciembre de 2007

POEMA DE ALVARO NEIL FRANCO
















A este barranco
dominado por el olor de la guayaba
llega el recuerdo
de un ron vivo de palabras
que festejan la eternidad de la arena
De pasodobles compartidos
en calles que comunican las nubes con la tierra
De morenas rumberas y rubias arrechas
que conquistan la mirada del viajero
en las verdes alturas de Chipre
De un nevado
que aparece como el último sueño
para entrar en los días
De un cerro donde la ciudad gira
sus instantes milenarios de guadua
su aroma pintadito
que le calienta el alma
De muslos que alumbran
la nostalgia de los caminos
que abrieron los arrieros
De cafés reverdecidos
por el efecto de las carambolas
De unas nalgas que bendicen
con su ojo de cóndor
la libertad trasnochadora del cielo...
Ay Manizales del alma.

Un abrazo de Álvaro Neil

jueves, 20 de diciembre de 2007

LEVE APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE ÁLVARO MARÍN





Por: Gabriel Arturo Castro

Álvaro Marín se confiesa deudor de de César Vallejo, Miguel Hernández, José Lezama Lima y Luis Cardoza y Aragón, una poesía que parte de la humedad terrígena, sigue por la dura corteza de las palabras y se sienta en los escudos de piedra de los guerreros conocidos y desconocidos, pasados y futuros. Suma de voces aparenciales, es decir imágenes, extrañas voces, más las figuras de la realidad cruda que se enuncia desde el pliegue teñido de misterio, de sobrenaturaleza.
La poesía de Marín es, en términos lezamianos, “el reto sagrado de la realidad absoluta”, compleja y difícil, agregaríamos nosotros, la cual por ese motivo nos conmueve, fascina y nos invita a dialogar al interior de un rito, de una ceremonia.
Desde la palabra invita a un festejo en una atmósfera colmada de tensión, donde el destierro y la prisión hacen parte de la fábula. “Mi antigua voz quebrada por la pólvora”, así denomina el poeta su escritura. Se trata de su “silencio de abismo”, una aventura espiritual que sólo utiliza el signo justo y preciso, la voz que explora las posibilidades escondidas en los elementos visuales y dramáticos de la realidad. Busca la raíz, la otra mitad invisible de los hechos y la expresa con una poderosa sugestión. A la vez que hay una intensificación afectiva en el decir, en cada poema nos presenta un crecimiento semántico, gracias a la fuerza emotiva y metafórica del lenguaje.
La concatenación de afectos y ánimos se presentan en las imágenes de alta jerarquía expresiva, lugar donde predomina la gravidez del sentido, siempre en la búsqueda de la mayor carga significativa.
Solamente así podemos aprehender de manera legítima una poesía sensible y lúcida, a la cual arribamos por fe, pasión y entusiasmo y la aceptamos en un alegre ejercicio de lectura que nos robustece.
Emoción, percepción, lenguaje, paisaje, misterio, enigma, todo ello tocado por los significados derivados de la historia y su movimiento, que es a la vez un lugar para la utopía y la renovación:
Bajo un sol rojo continúa la marcha,
somos un pueblo vehemente,
bronco como los pueblos
que descendieron de Abraham.
Muy cierto, además de un viaje a través del idioma, asistimos a la intensidad del movimiento interior y la permeabilidad de las palabras, pues las frases son claras, vívidas, llenas de sentido y completas en sí mismas.
La poesía de Álvaro Marín proviene de la vertiente que refunda la Historia por medio de las visiones mitológicas e iluminaciones poéticas, porque la Historia, su devenir y contemporaneidad, tienen un lugar en la imaginación y en el efecto protagónico de la memoria. Cada palabra guarda la memoria y el lenguaje se carga de fantasmas: “Nuestra casa es una historia de vientos desvastados y veranos sangrantes”.
Quisiera la poesía de Marín entrar a ese libro de las inscripciones que posee la voluntad de frenar a la muerte reinante, conjurar el tiempo y anunciar el enigma, no para hablar una lengua inocente sino proyectar el volumen de una voz que sabe de su esencia y puede advertir la confusión, el extremo movimiento, la cerrazón en la garganta.
Poesía que rompe, desafía, revela y espera, más no continúa en un afán idealizante, formal en la falsa representación.
“Vendrá el hombre después de la fiera”, nos vaticina. O también pregunta de manera inquietante: “¿Porqué íbamos a estar obligados a deslizarnos por estas laderas de muerte?”.
Aquí se unen la inteligencia y la imaginación. De tal modo se propaga la certeza de una memoria que se recoge en ella y hace que el tiempo se actualice, vaya del pasado al presente en una totalidad contestataria, complejidad perceptiva que rompe con la visión ordinaria del mundo. Poesía que aporta una posibilidad humana diferente para entender nuestro drama, el origen de la condición de hombres errantes, desheredados, porque “No es la luz del verano ni el aura del sol naciente, es el fósforo de los olvidados que ilumina la calle”.
“Es una palabra nacida en la profundidad de la sangre”, lo expresa el autor con gran acierto, porque “en un aguafuerte escribo los nombres de los hombres talados”.
Poemas de Álvaro Marín
Crónica del paso de la cordillera (fragmento)
Cabezas clavadas en las puntas de las lanzas
nos muestran que no somos los primeros
en intentar el paso de la piedra empinada.
La realidad es feroz, lo monstruoso domina
por el terror: la realidad pura, la estrecha realidad
de la muerte representada como cabeza lanceada
es una forma del terror.
Vamos, unos dormidos, otros sonámbulos;
otros deliran: “esta es la historia” dice el moribundo entre los brazos de su mujer, “esta es la historia,
es el paso de la cordillera en el año de 1819”.
Desvaría, el pobre delira.
Y alguien pregunta por los hombres talados,
por los cuerpos arrojados al río: es la mujer,
la fantasma loca, la esposa del supliciado.
¿Quién viaja por estas laderas de muerte?
Pasan los arrieros del viento
con sus recuas de mulas hacia la colina incendiada.
Las toscas medialunas de las herraduras
tachonan la noche de verdinegra melancolía:
mulas de fuego y mansedumbre,
mulas de grano y de arsenal,
monturas del relámpago, mulas de oro,
grises mulas de sombra y camisas sangrantes.
Bestias de dios en la procesión silenciosa,
en el misterio de no saber
hacia donde llevan nuestro cuerpo talado
como un tronco de árbol.
Cadáveres al lomo de la niebla
jinetean el páramo y la ardiente playa.
Y estas medialunas
relumbran sobre el pan amargo
y sobre las cuerdas reventadas
que los músicos ya no saben pulsar:
los dedos separados del pie,
los ojos ya fuera de sus cuencos.
Pasan los frutos desprendidos del árbol,
y es realmente el cuerpo de Colombia
el que pasa en andas
sobre el lomo de los caminantes
en la fiesta del Corpus.

Del libro Cuaderno del extrañamiento
Poema de amor
Oscuras alas nos rozan, anoche
cayó un lamparón de sangre sobre la tierra
y la luz de las bombas
iluminó nuestros cuerpos dormidos.
Después de la guerra levantaremos la casa
y la sangre derramada
arrastrará los pájaros grises de la tormenta.
La historia es un país de estaciones,
después del oscuro invierno
pintaremos la casa; cuando en el cielo rojo
se oculten las máquinas de la sombra
enterraremos a nuestros muertos.
Pintaremos la casa,
y el olvido resanará las grietas,
en la noche volverán los amigos
a encender la hoguera de sus voces;
tu voz será una lámpara sobre las ruinas
y tus manos lavarán la sangre de la tierra.
Deseo
Podría decir cielo de plata o luna azul,
pero esa no es mi voz
y si dibujo una estrella
es solamente para ahuyentar mi sombra.
Adivina de la noche, descifra estas aguas:
soy el mar solo acercándose a tus orillas solas.
Y hoy quisiera hacer de mi voz
un mar de luz para la sed de tu noche;
que mis pasos tengan
la resonancia del alba cuando busco tu huella
y no el abandono del sol suicidándose al final de la tarde.
Que mis palabras sean un rumor de alas,
y en el momento de escribir la palabra amor
surja una bandada de pájaros
que silencie el ruido de los huesos del aire.
Y si es por la danza de mis aguas
en la noche de tu cuerpo,
que el deseo nos devuelva
la dulce y dolorosa memoria del paraíso perdido.
( Del libro Noche líquida )

Jamás bálsamo

Noche: sexo de la tierra
negra negrísima noche.
Arribamos al silencio
a su caída de hoja al vacío
descendemos a una profunda
y silenciosa herida
en el socavón de la noche
buscándonos, acariciantes
como si fueran luz nuestros cuerpos.
Ocultos bajo la piel entre las aguas
de un negro océano.
Continuamente caemos
como las hojas del viejo árbol
continuidad de los cuerpos
siempre herida y fulgor jamás bálsamo.
Nos herimos con nuestra sed
amor dices aún en la herida
¿ cuánta guerra por un poco de luz
cuántos días huyendo?
Escuchamos nuestras voces
¿ pero cuáles son nuestros nombres
en el vacío?
Ven dice ella entra de nuevo al musgo
y humedece el polvo de mis huesos
yo también tengo sed.
(Del libro Noche Líquida)
El primer ruido
Para Fernando y Gabriel
No, no es la entonación
No es el ritmo
Ni siquiera el significado.
Es la palabra sola
Sin boca.
¿Y a quién puede importarle
Lo que dice el poeta?
Lo que importa es el rito
La metáfora de lo que siempre hemos sido
La memoria del primer sonido vocal
“el lenguaje secreto de los pájaros
del primer día”
Destemplado es el hombre de hoy
Ha olvidado las palabras.
Alguien balbuce algo
Y todos llegan, es el ritual
La transición
El recuerdo,
la sustitución,
La metáfora en fin
¿Qué extraña analogía es el hombre?
Nada dice el poeta,
Pero de su garganta sale un ser vivo
Invisible, que sólo tiene sonido
Y una música antigua.
Recordamos entonces el sonido original
El primer ruido del mundo
Cuando la palabra se hizo sangre
Y alimento colectivo.
Con el tiempo vino el verso
Pero a los pájaros ya no les importó.
Habla, canta o reza el poeta
Y de todas las formas
Quiere nombrar el mundo,
Llama a los espíritus
Y llama al otro
“me poblaré de voces”, dice,
y acude a su metáfora que es de fuego.
Pero la palabra guarda silencio
La palabra es el abuelo de la especie
La palabra es el sentido
Es el poder y el bastón.
Oseas
El profeta Oseas
Antecesor de Federico Nietzsche
No predicaba entre los pobres la esperanza.
Tuvo una hija con una ramera y la llamó
No más misericordia;
a su segundo hijo le dio el nombre
de No eres mi pueblo,
Y a su infiel mujer la llamó
Pueblo.
No creía Oseas que el vínculo
entre los hombres era la ley
sino el amor.
Para negarlo lo llamaron
Profeta menor, pero
Oseas era antes que Cristo
El profeta del amor
Y de la lucha mística
contra la degradación del espíritu,
la incompetencia de los señores
y la degeneración de los investidos y los profetas.
Citado por Cristo
Cuando decía “amor, no sacrificios”
Tal vez cristo fue solo un predicador de la doctrina de Oseas
Que el tiempo convirtió en el hijo de dios, y a Oseas
En un profeta olvidado por los hombres.

Canción para Juan Rulfo

En la orfandad
se acuna el silencio de las ruinas futuras
en este lugar que se llama tierra
por no tener un nombre todavía
sus habitantes
llevan en un ojo la luna de la muerte
en el otro un sol quemante
La voz
no nace de los labios
es la huella profunda del silencio
Silencio es el nombre de este paraje
fulano es el nombre de todos
y piedra o ceniza
los nombres que tendremos en la nada
hay una geografía con huellas de ausentes
los árboles talados se deshojan
en algún recodo de la eternidad
y cubren de hojarascas las calles del siglo
El viento pasa sordo sin decir nada
todo es un rumor imponente como la medianoche
más no todo comienza aquí ni termina
en esta geografía.
(Del libro Noche líquida)
La ceniza de los venados
El planeta azul...
¿Y quién atiza el fuego de sus volcanes?
El planeta de agua...
mas nuestra sed no es saciada
y la muerte es un jaguar que acecha estas aguas.
La luz es el holocausto de los venados,
quema esta luz
y en vano pretendes esconder la ceniza,
o pintar una flor
en la página en donde está la foto del hongo de Hiroshima.
El planeta azul...
¿pero que muerte nos devuelve su lava?
Tal vez nos arroja el veneno inhalado, tal vez
nos devuelve nuestras ofrendas.

Notas sobre Álvaro Marín
En 1991 Alvaro Marín (Manzanares, 1958) obtuvo el premio organizado por la Casa Fernando Mejía Mejía, de Manizales, con el libro Jinete de sombras, donde nos recordaba que “también el viento le silba a la serpiente”. Con ese volumen de poemas y con su libro de ensayos La brújula no quiere marcar más el norte, Álvaro Marín se constituye en una de las voces más claras de su generación. Marín es además de un sugestivo, sutil poeta, uno de los mejores prosistas, ensayistas de su generación y es uno de los pocos ensayistas, con Carlos Vásquez, Gabriel Arturo Castro, Víctor López Rache o Piedad Bonett, que se han conformado dentro de la generación nacida en los cincuentas.
Juan Manuel Roca
Nos sentimos desubicados cuando dejan de escucharse las réplicas del eco y una voz venida desde la entrada de la cueva nos alecciona con una monserga diferente. No debería desconcertarnos una visita que, lejos de irrumpir sin permiso para desordenarnos la casa, nos regala una ruta de más. Yo la recibo como una alternativa de lucidez en medio de la solemnidad pragmática con que suelen abordarse los llamados temas trascendentales.
Alberto Rodríguez Tosca
Álvaro Marín (nota biobibliográfica)
Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publiqué mi primer libro de poemas con el Título de Jinete de Sombras en 1992. La publicación fue un reconocimiento que me hizo la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, luego fui invitado al Diario El Espectador de Bogotá para colaborar con notas sobre cultura y literatura en el Magazín Dominical dirigido por Marisol Cano y coordinado por el poeta Juan Manuel Roca, medio que jugó un papel crítico importante en la vida cultural del país en los años noventa. El hechizamiento con la literatura y la poesía fue mayor cuando leí a los poetas Cardoza y Aragón y José Lezama Lima y a los narradores Macedonio Fernández y Alejo Carpentier, tenía en este tiempo una lectura de escritores europeos, pero el acercamiento interesado a la expresión latinoamericana fue para mi una revelación de sentido histórico y poético a la vez.
Recibí otro reconocimiento en poesía al ser destacado uno de mis libros: Noche líquida en una convocatoria latinoamericana del Festival de Poesía de Medellín. Publiqué en 1997 La brújula no quiere marcar más el norte, un libro de ensayos sobre cultura, política y literatura.

lunes, 17 de diciembre de 2007

LECTORES DE POESÍA/ Julio César Correa



Por Julio César Correa
 
Escribir, en términos generales, es un acto profundamente solitario; escribir poesía no solo es lo anterior, sino que es además uno de los actos más inútiles que conozca la humanidad. La gratuidad que precede y continúa el acto poético es quizás, de manera paradójica, lo que la hace grande, irreductible, in-comprable, única y hasta peligrosa. Nada más subversivo que la poesía, pues su lenguaje se propone desautomatizar lo que es producto del abuso y el comercio lingüístico, las palabras gastadas, la palabra que tiene por fin único comunicar en contextos donde se aprecia siempre al otro por lo que pueda aportar, por lo útil que sea en la relación de “amistad”, devenida casi siempre comercio y negocio.
La palabra poética es violencia contra la palabra establecida –pero se trata de aquella violencia que señala el Evangelio cuando dice que sólo los violentos arrebatarán el reino. Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática.[1]
Pero, la poesía es mucho mas peligrosa porque hace que quien la escriba y de paso quien la lea estén en la capacidad de ver el mundo con otros ojos. El que escribe poesía se niega a ver el mundo tal cual es, a aceptar la realidad que nos presentan los sentidos de manera inmediata y, lo que es peor, la que nos entregan empaquetada los medios de comunicación, la realidad como paquetes únicos de uniformidad y conformismo, debidamente simplificada, altamente jerarquizada y estúpidamente llana y aséptica.
Dos hechos, entonces, hacen que la poesía sea ese juego a la vez inocente y peligroso: uno, la urgente necesidad de reinventar el lenguaje y, dos, la posibilidad de presentar el mundo de una manera distinta ante unos ojos siempre recelosos de todo lo preestablecido. Es así como la poesía podría acercarse incluso a posiciones filosóficas como las planteadas por Francisco Varela en su idea del conocimiento como enacción y de paso, de toda la filosofía que se niega a pensar las cosas, el mundo y los hombres desde lo pre-establecido, desde el mundo dado de antemano. Mucho más cercana de los seguidores de la visión cuántica de la realidad y de los mundos orientales, la poesía surge como una “enfermedad” que nos “despierta” (Juarroz) y vuelve videntes a los hombres. ¿Cómo aceptar pasivamente, por ejemplo, lo espurio de la vida, el trabajo como ideología, el dinero como culto ante el cual el pensamiento se burocratiza y se esclerotiza; el tiempo como potencia que somete, aliena y esclaviza; la realidad como dimensión que se fosiliza y se convierte en única y por lo mismo en una suerte de imperativo? ¿Cómo no ver, es decir, cómo no estar en la capacidad de intuir las múltiples formas de lo real y de la vida, el universo que se abre en otros mundos que a su vez se repliegan y se ocultan para luego reaparecer amplios, ajenos, extensos, en crecimiento constante hacia la vida, apenas atajados por los límites de la razón?
Dirá Sábato en uno de sus ensayos que no es la poesía o la literatura la que se ha alejado de la gente, del pueblo; sino al contrario, es la gente la que se ha alejado de la poesía. Y no es difícil convenir con el autor de El Túnel que esa idea de pueblo no es la misma de hace algunos años, pero, más aún, que el pueblo de hace algunos años tampoco era la legión de humanistas que seguramente quisiéramos imaginar. La distancia entonces que pueda haber entre la poesía y los posibles lectores se da porque el lenguaje propio de ésta no es para tranquilizar y satisfacer muchedumbres. Cada vez más hermética, auto-referencial y hasta opaca la poesía se niega a hacer concesiones para ser comprendida y aceptada y, por el contrario, busca que quien se acerque a sus linderos lo haga con el equipaje propio de un buen lector.
De paso, el lector de poesía resulta ser tan escaso como extraño; es una especie de bicho raro en vías de extinción, una especie que ya no hace parte de la apreciada fauna de los lectores dotados de una alta sensibilidad, de una fina y aguda percepción, esa misma que le permite barruntar el buen poema, la imagen exacta (perdón por el adjetivo), el sonido correspondiente, el silencio que cala justo a la hora en que las palabras se reacomodan para hacer sonar su misteriosa música. Los lectores de poesía se fueron retirando de las salas, de los ceremoniales y los cocteles porque se dedicaron a escribirla. O porque le creyeron demasiado a Hölderlin y repitiendo el verso aquel de “para qué poetas en tiempos de miseria”, optaron por refugiarse en la nadería de lo cotidiano o, simplemente, porque sus oídos ensordecieron al estar demasiado cerca de los cañones que a diario dispara la basura mediática. Ya sordos, prefieren el estertor y la estridencia de sus egos aliñados, la pacotilla que se vende en las vitrinas bajo el pretexto de la miseria emocional o, simplemente, se dedicaron a morir dignamente convertidos en hombres industriosos, caseros, buenos padres y mejores ciudadanos.
Leer poesía es estar en la capacidad de renunciar, aunque sea por un momento, a la realidad y al tiempo que nos vendieron desde las márgenes de los cuadernos, a la educación que nos enseña a ponderar lo útil, lo necesario y lo valioso por encima del ocio, lo inútil o lo subversivo. El lector de poesía sabe ponderar la urgencia de lo numérico sin excluir la posibilidad de crear esos mundos propios, internos, donde reina la imaginación y los ecos sonoros de la palabra que surge provocando sensaciones como universos. El lector de poesía es ese animal raro que se detiene en la esquina y se sorprende con la nube que se insinúa y se entrega como una dama.
Roberto Juarroz en uno de sus lúcidos ensayos afirma, a propósito del tema, lo siguiente:
La tercera ruptura, la más difícil, es la que provoca aquel miedo que mencionaba Albert Beguin. Cuando le preguntaron por qué la gente no lee mucha poesía, él contestó simplemente: porque le tienen miedo, porque la poesía debe abrir las cosas, debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie ¿y quién resiste esos climas de alta tensión y de alta presión?, ¿quién resiste que la muerte sea tan natural como la vida?, ¿quién resiste que el amor puede ser ascenso o caída?, ¿quién resiste que nuestra vida esté llena de todas las cosas que pueblan nuestros mundos, los árboles, los ríos, los cielos, la lluvia, pero no como decorado sino como algo que forma parte de nosotros?. Entonces, todo esto asusta, es lo que constituye esta tercera ruptura que es transformar nuestro propio modo de vida, transformar y convertir la vida en algo más activo, más potente, más intenso y por utilizar la palabra de hace un momento, más despierto. [2]
Hay que decir, finalmente, que en Colombia no se lee ni buena ni mala poesía. La que se publica hace parte de un circuito que le rinde culto a Onam: se escribe poesía para ser leída por los mismos poetas quienes a la larga terminan siendo sus mismos críticos. No se lee poesía porque no hay editores de poesía y no hay editores de poesía porque no hay quien compre poesía, y no hay quien compre poesía porque no hay quien la lea, etc. Tener lectores no es garantía de calidad, porque de ser así entonces habría que decir que Benedetti es un buen poeta y Antonio Porchia o Martín Adán malos bardos ¿Es un buen poeta Mario Benedetti? Sin embargo y de acuerdo con ciertas estadísticas es el más leído, incluso por los jóvenes.
Así como la poesía es un oficio semiclandestino, solitario y hasta peligroso, así mismo son los lectores de poesía: clandestinos, escasos y hasta exquisitos.

Manizales 11 de Diciembre de 2007



[1] Bordelois, Ivonne. La palabra amenazada. Libros del Zorzal. Argentina, 2002, pgs:32-33
[2] Juarroz, R. Aproximación a la poesía moderna. Conferencia dictada el 8 de marzo de 1994 en la Biblioteca Nacional de Bs. As. Editada en “El jabalí”, Revista Ilustrada de Poesía No 3.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Poemas de León Darío Gil Ramírez


LA HORA DE LLEGADA

A Caramanta
Con las escobas amarraron mi caballo de palo,
mi triciclo con los chécheres de la cocina,
en la caja con los zapatos echaron mi maletín de la escuela,
el espejo del corredor sin su mirada mirando la entrada de la sala
entre todos los santos y santas lo metieron.
Mis zancos de tarros, el palomar con las palomas,
la escalera de barrotes con que me subía al cielo, se quedaron,
sin barcos de papel las aguas dóciles del lavadero,
y huérfana de pasos las 5 escalas que empezaban
los rumbos sin cifras de adentro de la casa.
Apenas con su sombra en las paredes se quedaron las puntillas,
las señales de las patas de las camas, en el piso,
vagando a su antojo, sin quien los espante, los espantos de las piezas
ni quien por mayo al jardín le huela el perfume de claveles y azucenas
ni a la batatilla quien le admire sus encendidas certidumbres azules.
Del solar no pudieron meter el sol, las lluvias del invierno,
la luna derramada en sus noches como un chilquete de plata,
los laberintos de manzanos, los trinos de colores,
como un escapulario a la intemperie dejaron el columpio del cedro,
sin en que se enfieste el viento dejaron los alambres del patio,
dejaron el zarzo con sus secretos, solo,
sin mí mis cuatro abuelos, el surtidor cantaletoso de la plaza,
mi salón, mi pupitre y el recreo,
los veniales ojos de una niña de segundo buscándose en los míos.
Como para una noche sin amanecer
atrancaron las ventanas, aseguraron bien las puertas.
Con Maula mi gato en la cumbre del techo, creo que llorando,
se quedó mi casa.
La mancha blanca del cementerio, al final del pueblo,
se la tragó una curva,
la torre de la Iglesia con su cruz encima se la tragó las montañas,
todo, después, se lo tragó la distancia.
Pasamos, al albedrío de la lejanía, por caseríos tristes,
por caminos huidos, calvarios y vírgenes,
por veranos implacables y efímeros,
por abismos de miedo y horizontes de nieblas,
por puentes sobre pedazos de ríos como senderos mansos.
Desde eso hace que alma adentro me vive un forastero
que sale en las noches a buscar en las estrellas
donde es que queda un pueblo. Yo salgo con él. Yo lo acompaño.




VIENE DE LA PÁGINA ANTERIOR

Los años estilando meses, días. Los días horas.
Las horas trizándose en instantes que vuelan o se arrastran.
Rebotando de esperanza en esperanza, lidiando tempestades.
Sin anclajes, de tumbos por una ciudad
envuelta en vaharadas de niebla y chocolate
que no acaba de ser y no sabe de piedades.
Las ilusiones hundiéndolas en los riesgos,
de carambolas y errancias el tiempo de la vida
de ceros y fallas el tiempo del colegio,
de malhadados presagios el curso de la casa.
Seis amigos.
No sé cuantas cicatrices en la piel
y cuantos arañazos en el alma.
Sí, cuatro dentelladas en el corazón.
La rosa viva que me mostró Claudina enseñándome a sumar: una.
Dos: la de la puta lánguida que me enzurulló entre sus grandezas y
con sus ciencias se comió mi adolescencia en un cuarto penumbroso
de un cisne rojo troceado en una puerta,
una veladora en un nochero alumbrando un santo ahumado
y, currucuteando, en una jaula una paloma sola.
Tres: en el vestier del aula máxima, antes de una izada de bandera,
las manos de Gloria hacia sus humedades llevándose las mías.
Me resta la cuarta, la tuya que me apesadumbra todavía
en la vigilia no tanto, amor,
como en las turbias emboscadas que me tiendes en el sueño.
Haciendo cuentas, en claro, me queda,
la felicidad sin ser capaz jamás de ser,
la concreta tristeza, la tajante nostalgia,
la melancolía
y los días del almanaque que a los míos, sin remedio,
los van acomodando al final.






TENTACIONADORA
A la única que se le ocurre ir así por el mundo, es a usted. ¡Qué falta de consideración!
Y no crea que se lo digo por el pelo, es lo de menos; ni por sus ojos; ni por sus pestañas y como se las encrespa que parece que de aposta lo hace para maliciar su mirada; ni por su nombre que en vez de pronunciarse se saborea; ni por sus labios que más que brotes palpitantes de un embrujo son la suprema definición de la dicha: ahí están sus besos, los hechos y los que va a hacer, por ahí habla lo que habla, suspira, reza y canta; ni por su nariz, que además para oler, a usted le sirve para aprestigiar la maldadosa hermosura de su faz hermosa.
Quienes la conocemos, desde cuando usted no se imagina, decíamos que usted iba a ser como es: una descarada. Dicho y hecho.
Fíjese y verá. Como una desaprobada irse de escote, mostrando, sin nada que las contenga, enhiestas por entre el jardín de sus blusitas florecidas, las punticas en la cumbre de sus alturas temblorosas. Esa es usted: un pecado andando con ese andar que es como si una música por dentro le avivara un vaivén de lujuria. Pública, a la intemperie, el tramo sin igual de su entallada y extasiada cintura, que es también el domicilio donde quieren pasarse a vivir las manos de todos a embobarse de caricias. Su cintura es el comienzo de la perdición donde nace y más abajo se explaya lo que a todos nos atormenta como una redonda y frutal y prohibida codicia.
Para que los que van por las calles no sucumban a la tentación y no se extravíen por las deliciosas fantasías de los malos pensamientos, y de ese modo, Dios, que todo lo ve y todo lo anota, a nuestra lista no nos apunte otro pecado, es mejor que usted no salga.
Aunque, pensándolo mejor, salga... Que gracia tiene un día sin usted; es como si el sol no hubiese salido. Salga, llegado el caso, Señor, nos confesamos.



 

LEA EN ESTA EDICIÓN

Miles de aves oscurecen el cielo; buscan el verano del sur.
Veladora que causó el incendio concedió el milagro.
Es un misterio el ladrón de bicicletas; recompensa.
Cometas no cumplen estándares de calidad; investigación.
Mujeres piden equidad de género; más muñecos que muñecas; argumentan.
Canto de cucaracheros tonifica el espíritu.
No más mesas cojas en los cafés; multas.
No es amoral el beso en la vía pública; sentencia la Corte.
Semáforo loco ocasiona congestión; alerta.
Cargamento de fantasía legalizado por la Aduana; joyeros se pronuncian.
Extravíos del tiempo pasaron para abril las chicharras de marzo.
La Catedral declarada santuario de murmullos; complacencia.
Policía recupera saxofón en céntrica frutería; detenido fontanero.
Veedor para los relojes públicos; todos al mismo paso.
Llama de fotógrafo ambulante a chequeo veterinario.
Embrujos y magias de la palabra certidumbre; hablan académicos.
El 23 escogen atardecer para estampilla; 1.045 seleccionados.
Un único indicio de la sospechosa: huele a ella.
Patrimonio Cultural por cuenta del comején.
Fin de las campanas: la basura y el gas se anunciarán con armónicas; 2° debate.
Un gol de pintura, Palogrande el lienzo; fotos.
Botero esculpirá sueño ganador en Copenhague.
Las libélulas y las luciérnagas son hadas; concluye congreso de teólogos.





 

ENTRE USTED Y YO

Que tiene usted para que de tales modos
me estruje el corazón;
contra las paredes, a veces, me arrincone;
como un signo equivocado
me abandone en sus esquinas a pensarla;
me descuartice en tristezas la vida
o me subleve hasta la sinrazón la rabia.
Costillar de monstruo desperdigado
entre faldas y cimas, entre nieblas.
Con qué permisos ocupó, uno a uno,
los nichos de mi historia;
quién licencias le dio
para volverse inolvidable en mi memoria.
Mala mujer,
por qué artificiosas magias
me pones el odio o me lo quitas,
me agregas el amor o me lo restas,
me jodes la calma o me la aquietas.
Con qué libertad –cuando la libertad me sobra-
me dejas vagar, casi feliz, por tus confines y cuadras.
Con tus torres y puntas, con tus filos,
idéntica, a lo lejos, a un puerco espín al acecho,
a una promesa en paz y a un paso de ser cierta.
Virginal o puta lujuriosa: no es mentira;
corral de tontos, lar de genios,
andurrial de desquiciados, recodo de godos;
asquerosa o del más alto encanto
cuando, sin reproches, se ajusta a mis ensueños.
Sin proporciones hecha de lo que por dentro me abruma
o de lo que, sin medidas, me aplasta sin piedad por fuera.
Serás por siempre, ciudad mía,
una pregunta mal hecha, ambigua y tendenciosa
que por donde voy vas
como un lastre bienhechor;
bienhechor o insoportable

 

 

 

 

 

 

Ni les va ni les viene, ¿para qué?,

este poema

A LAS VACAS

Por las tardes, como santurronas jubiladas y monumentales,
se echan en manada a rumiar presentimientos,
como idas a divisar horizontes o a adivinar porvenires.
Parcas.
Hablan, alargada y lastimera, una mera sílaba infantil.
Por donde pasan escriben el alfabeto arcano de sus huellas.
Resignadas madres del mundo desheredadas de la risa
pero con el gesto indulgente del ser abundante de bondad.
Sus vergüenzas al aire tienen el magro socorro de una cola sucia
y su vanidad de hembras
la fiereza anodina de un par de cachos endiablando su inocencia.
Inquilinas del descampado, sin líos con la lluvia.
Si el sol las agobia del sol se resguardan, en junta,
en umbrosas querencias vegetales.
Aún tomando en cuenta su promiscuidad
cualquiera que las mire en sus ojos ve, encimado, a Dios.
Literalmente valen en pesos lo que pesan
y nunca, por un designio humano, mueren de muerte natural.
La de mi cartilla de leer, sola, no tenía lejanías
con pintas blancas era una mancha negra, borronada,
más una ruina que una vaca de tanto ser calcada
y menos cierta que la certeza, casi viva,
de la uva de la página opuesta.

 

EVANGÉLICA

Su credo, que le tiene hasta los tobillos
alargada la bata y hasta la cintura el pelo,
hasta la exageración le tiene subrayada la lujuria.
Siento por momentos que Yahvé la desampara
que la deja por cuenta del mundo y sus señuelos
que la encarta
de pérfidas insinuaciones y crecidos pecados.
Inútil. Aunque lo trate, no es capaz de restarse
los brotes endiablados de sus labios
la maldad azul de sus ojos en fiesta
el dadivoso anchor de sus caderas
y su humano destino de enrabiar la caricia
de alebrestar la imaginación
y de agrietar los abismos del deseo.
Si entre el pecho y las manos entibia, con fervor,
el Libro de la Palabra, ni el Libro ni las manos
estropearán la enhiesta voluptuosidad de sus cumbres
ni vencerán su tarea de proas abriéndose camino
ni apabullarán la jauría de ojos que insisten
en regodearse con su par milagros, altos,
o con el otro milagro que, magnífico,
se le desgaja de la mitad del cuerpo.
Le agrega que no se pinte
un hálito de inocencia,
arrebatador, dulce y tenue.
...
La esperé
y a una cuadra de salir del Culto,
con devoción, le dije:
tanta hermosura junta es un pecado.
Gloria al Señor, me respondió,
con empinada coquetería
un tanto más efusiva que cristiana.

 

 

 

 

 

 

HECHO PECADO

Por la repisa de vidrio para poner
dos elefantes de jade y tres gatos de carey, que le di,
ella me fue dando su desnudez.
Primero, los zapatos; se los quite despacio.
Las medias después por un cariño niño que le dije.
Dos veces los sumé y dos veces me dieron diez los dedos de sus pies;
hasta los tobillos avanzaron mis anhelos.
Un búho ella se lo quitó,
el de la oreja izquierda yo, y le encimé un secreto.
El primer botón de la blusa fue iniciativa suya,
era el segundo y el tercero y el último asunto de paciencia.
De la sirena que pasó y de la luna, hablamos,
de la luna que adentro, más pecaminosa que afuera, era sólo nuestra,
del martes que era hoy, del miércoles que era puente sin estudio,
de cuando no éramos nada
y de cuando fuimos, de una a otra acera, una sola mirada: fatal, junta y excesiva.
Se levantó,
se quitó y sobre el nochero puso tres sortijas y el caimán del pelo.
Volvió con el cabello desgajado, con el botón del cierre suelto
y con el cierre comenzado.
Con un guiño perverso con certeza escrito en su cara de ángel descarriado
me convidó a entrar al cielo;
entramos y en sus pasadizos lujuriosos nos perdimos.
Quién te hizo así,
así, esos modos, quién te puso,
tanto hechizo cuándo juntaron en tu boca,
en qué cosechas tanta deliciosa sabiduría recogieron tus manos,
para triplicar la eternidad en qué paraísos tempranos te perdieron,
que pródigas experiencias y a qué horas te enseñaron tantas muertes y tan resucitadas,
en qué aguas sacias tu sed que alcanzan para saciar las sedes mías,
con qué barro moldearon tus linderos de sirena,
dónde fuiste a encontrar lo que das en abundancias llenas.
Loca bachiller de mis afanes adultos, anda despacio,
de dos en dos no subas las escalas,
que en tu jardín florezca como es debido,
que seas muchacha todavía y no mujer,
-muchacha de uniforme y de tareas-
no las apures, que crezcan a su ritmo tus alturas, las cosas de tu vida,
píntala pero no embadurnes tu hermosura,
no la dejes escapar, vuelve la inocencia a sus linderos,
deja que amanezca, que llegue siquiera el medio día.
Tengo por cierta y la llevo, como una insignia, bien abierta en mi historia, una herida:
tú la abriste.
Déjame ser en la tuya lo que sea:
una aventura anónima para ostentar en tus conversas,
un pérfido secreto,
una ilusión batiéndose con el olvido
o un simple capricho, tonto y pasajero.


 

 

 

 

LEGADO

A todos les dejo mi muerte.
Mis ojos a las flores que los vieron.
A vos aquel poema bobo del 72 ¿recuerdas?
Ya le dejé a mi abuelo mis olvidos.
La cuadra remota de mi infancia
con sus charcos
con sus nieblas
con sus lunas
con mis malicias furtivas,
me la llevo.
Nada a mi madre le dejo,
me dio todo.
Esta desesperanza perdurable que me queda todavía,
me la llevo también,
será en la eternidad mi eterna compañía.
A mi hermano menor
un único consejo –ya lo sabe-
que sea bueno.
A quien le sirvan, mis gafas.
A mis 4 amigos
mi pocillo lleno de lapiceros.
Mi candelabro al chatarrero.
A no ser mi soledad
nadie se merece mis penas,
a mi soledad se las entrego.
Mi colección de piedras, a mi río.
Al fuego mis escritos.
A los caminos que caminé, mis huellas.
Mis rabias, mis calmas y mis dudas,
enteramente mías,
a nadie se las dejo, conmigo me las llevo,
se van conmigo mis anhelos.
A la tierra, de donde son, mis huesos,
la carga de huesos que me soportaron.
Al viento lo que oí
con sus silencios, trinos, campanas y truenos.
Las tres caricias que me quedan
y un beso, eso, y este abrazo
a mi hijo.
A la jura mi nítida pobreza.
A mi padre, por último,
que ya voy,
que me espere.

EL INQUILINO

El semblante desmemoriado de un espejo, un Cristo,
con colores cansados
la foto de un hecho en un atrio ya lejano y triste,
sin canciones una guitarra sin cuerdas,
nieblas entre montañas en un cuadro de nadie,
de un año anónimo la hoja de un agosto,
vestigios de pasados inquilinos,
nidos de arañas
en los rotos desmerecidos de puntillas,
de un día o de una noche
las 11 y 8 varadas en un reloj de péndulo,
en un gancho de palo una muda arrugada,
el suiche mugroso de un bombillo
y el bombillo que sabe sus desvelos.
En cualquier lado, sin querencias, tiznado,
un candelabro de barro.
La cama,
a su diestra, como su retoño, un nochero,
aplastada entre papeles y libros una mesa,
donde se sienta un asiento con la horma de sus huesos.
La ventana y una puerta,
una puerta mala: mala para abrir, mala para cerrar.
No hay luz y no titila la vela.
El inquilino no está,
quizás pueda volver ahora
volver más tarde
o no volver nunca.